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Los de afuera son de palo

Quedó como dicho popular una frase que le adjudican al ex futbolista uruguayo Obdulio Varela. Fue el 16 de julio de 1950 en el mítico estadio Maracaná. Se jugaba la final del Mundial que enfrentaba al poderoso local y a un grupo de aguerridos charrúas. A Brasil le bastaba un empate para alzarse con la Copa Jules Rimet. "No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada, nunca pasó nada. Los de afuera son de palo y en el campo seremos once para once. El partido se gana con los huevos en la punta de los botines", dijo el capitán antes de salir a la cancha. 200.000 espectadores enmudecieron con el 2 a 1 a favor de Uruguay, bautizado luego como “el Maracanazo”.  

Nosotros resignificamos un tramo de aquel discurso motivacional de Varela para descalificar a los que “quieren entrar”, o simplemente opinar sobre lo que “pasa adentro”. Los de afuera son de palo lo usamos para decirle a los de afuera, que se quedan afuera. Siempre que existan aquellos que quieran opinar o participar estarán otros, los que definen qué sucede y qué no, que les flanquean las puertas y cierran las ventanas. Una espacie de “no te metas” y una estigmatización: los outsiders. 

Hay una frase prototípica con la que “los de siempre” tratan de neutralizar “a los nuevos”: “las cosas acá son así”. Eso supone fundamentalmente una barrera para no intentar ningún cambio que altere el status quo, que no ponga en riesgo ningún “derecho adquirido”, ni avance sobre algún quiosco ajeno. Esto pasa en casi todas las instituciones de la vida política, en las organizaciones no gubernamentales y de la sociedad civil, en un consorcio de propiedad horizontal, y en comisiones de countries y barrios cerrados.  

Como en una riña de gallos, el ego se debate entre: el director, el presidente, el titular, el jefe, el coordinador, el gerente o el dueño; contra (o con): el primero, el mejor, el principal, el más grande o el único. Esa pelea se afirma en un concepto: “Somos lo que hacemos”. En consecuencia, si no hacemos mucho, seremos poco; y si no hacemos nada... ¿seremos nada? 

La semana pasada terminé la editorial con una invitación casi épica, en la que proponía una nueva generación de protagonistas y no espectadores. La propuesta venía a cuento de algunos hechos que se habían vivido la semana anterior. Esta semana nos tocó revivir imágenes horribles de lo que somos capaces los argentinos como sociedad. Nada explica la violencia. Nada. El fin no justifica los medios porque los medios suelen dejar huellas permanentes que superan los tiempos de los “fines”. Los que tienen la enorme responsabilidad de decidir y conducir, sea la institución e instancia que sean, deben evaluar escenarios y consecuencias, e impacto sobre los alcanzados y actuar dentro de la ley. Que es una, que no debiera permitir matices ni opiniones o interpretaciones sobre algunos ítems clave como la violencia, venga de dónde venga. 

Todas las normas vigentes, desde las de la propia Constitución Nacional hasta un simple reglamento de copropiedad contienen “las reglas de un juego que jugamos todos”. Ajustarse a ellas es necesario no sólo para ser mejores, también para no reeditar la discusión de civilización o barbarie.    

Esta semana también vivimos una nueva derrota para los outsiders: Holan dejó de ser el técnico de Independiente. Redactó una carta en la que explicó el proceso por el cuál había logrado el éxito deportivo, que básicamente no ofrece misterios: trabajo, rigurosidad, investigación, compromiso, ascendencia y método (nada menos). Mientras se va, Holan  explica que le tocó vivir “indeseables situaciones extradeportivas que se interpusieron”, (en su proyecto). Habla de aprietes y extorsiones que sufrió (y denunció penalmente) de barrasbravas y violentos: “...por primera vez en mi vida, la integridad física de mi familia, de alguno de mis colaboradores y la mía propia estuvo en grave riesgo. Una situación que no estoy dispuesto ni a tolerar, ni a convivir y creo que ningún trabajador del club debería aceptar”. La salida de Holan, que había llegado con alguna duda y sin pergaminos, pero convenció a propios y extraños a fuerza de trabajo, es una derrota que debe trascender el hecho futbolístico/deportivo. Si pierden los Holan, perdemos todos. Y no hablo exclusivamente de fútbol.  

Que el brindis de Navidad sea una nueva oportunidad de encuentro. Para todos: los de adentro y los de afuera. Que nadie se sienta “de palo”, y que las diferencias sean una oportunidad para aprender y crecer, no para separarnos aún más. 

Buena semana.  

 

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