Columnista |

DIVIDE, Y DIVIDIRÁS

El periodista Ricardo Varela nos trae su visión política sobre los acontecimientos más importantes de la última semana.

Más allá de cómo nos atravesó el fútbol del mundial de Rusia durante toda la semana, la misma empezó con un (hoy casi olvidado) paro nacional.

Según la óptica elegida para analizar su alcance y resultados tendremos quienes sostienen que “el paro fue un éxito” (la CGT y los gremios) y quienes hacen hincapié en los cálculos de los 2800 millones de pesos que se perdieron por haber parado (el gobierno nacional y sus aliados).

Lo cierto es que un paro nunca puede ser un éxito.

Es más bien todo lo contrario. Parar es fracasar. Y fracasan todos. Los que paran y los destinatarios del mensaje del paro propiamente dicho.

Es también cierto que no resultan constructivas las posiciones que nieguen la realidad.

Mientras que los gremios decían que la huelga significaba una clara posición contra la política económica, el presidente Macri sostenía: “las huelgas no contribuyen a nada, no suman”. Ni lerdos ni perezosos, hubo quienes recuperaron un tuit del entonces Jefe de Gobierno porteño, de nombre Mauricio y apellido Macri, que decía un 22 de junio de 2012: “El paro y la movilización convocadas para el próximo miércoles son un llamado de atención para la Presidenta”. Terrible el archivo. Siempre lo fue, más aún cuando a los medios tradicionales se le agregaron las posibles metidas de pata en las redes sociales.

Para completar los sinsentidos, la Unión Cívica Radical publicaba el siguiente texto junto a la foto que ilustra este editorial: “Transitamos un paro general sin consignas claras, con motivaciones partidarias y clarísimos perjuicios para todos los argentinos. Nosotros, no paramos”.

Relea el texto radical. Vuelva sobre la foto. Say No More (diría Charly García).

Más allá de las declaraciones de rigor, el gobierno nacional, y el propio presidente Macri, tomaron nota de la adhesión al paro. Que fue masiva. Y la preocupación de los más cercanos a Balcarce 50 crece a pesar de nuestra nueva situación internacional como “emergentes”, que no evita que el dólar siga incontrolable.

En cualquier caso, nunca será bueno intentar tapar el sol con las manos, ni profundizar la grieta que se pretendía cerrar...

En los Estados Unidos se está librando una batalla contra la inmigración ilegal impulsada por el Presidente Trump. Las posturas son tan extremas y polémicas que suceden imágenes de familias con padres e hijos menores obligados a separarse (para que unos u otros puedan seguir viviendo en ese país), o invitados a irse (todos) definitivamente. Esto divide al país, tanto que el propio matrimonio presidencial ofrece posturas encontradas.

A propósito de esto, la vocera de la Casa Blanca, Sarah Huckabee Sanders, fue invitada a retirarse de un restaurante en Virginia. La gerenta le dijo que los empleados no querían atenderla, ni que estuviera allí, porque trabaja en un gobierno “inhumano y antiético”. El presidente Donald Trump defendió a su funcionaria, pero su crítica no se dirigió a la actitud de los trabajadores del lugar, sino a su aspecto: “El restaurante Red Hen debe centrarse más en la limpieza de sus sucios toldos, puertas y ventanas (necesita urgentemente un trabajo de pintura) en lugar de negarse a servir a una buena persona. Siempre tuve una regla, si un restaurante está sucio por fuera, ¡está sucio por dentro!”, tuiteó Trump.

Mi intención de recuperar este relato va mucho más allá de una simple anécdota.

Habla de cómo calan en una sociedad las decisiones impopulares de sus gobernantes. Y no se entienda aquí por “populares”, populismo. Populares son también decisiones consensuadas, de “todos”, aceptadas por la mayoría. No siempre será lineal aquello de “divide y reinarás”.

Los que conducen debieran saber que a veces será también posible: “divide y dividirás”.

Buena semana.

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