Columnista |

LO IMPORTANTE ES EL CAMINO

Si cada uno aporta lo mejor de sí, y no se entrega, siempre daremos una mejor pelea. No siempre gana el mejor. Quien quiera oír, que oiga.

Los que siguen ésta página saben que soy amigo de trazar analogías de casi todo lo que ocurre (o se me ocurre) con el fútbol.

Me pasa por futbolero pero también porque tengo muy presentes todas mis vinculaciones con el  “fútbol juego”, ya sea jugándolo o viéndolo jugar; en partidos formales o en potreros.

Tengo viva la sensación de la pelota de cuero que mojada espantaba a los más guapos a la hora de cabecear. También del ardor en las rodillas, con “frutilla” posterior de 7 siete días, al caer en las canchitas peladas (donde el pasto sólo crece en los córners). Aún puedo escuchar el ruido indescriptible de ese pelotazo que tocó la red, aquel otro gol, y aquella primera vez que jugué en una cancha con arcos y redes, todas las líneas de cal bien pintadas y jueces de línea. Fue la misma cancha que “de pibe” era “ACIBA” y saltando el paredón jugábamos un ratito de colados, con la distracción cómplice de aquel guardia bueno, me encontró vestido de “aurinegro Sosiego” frente al local que ahora se llama Guesher.

Tengo una enorme colección de camisetas que usé y otra de distintos equipos y países del mundo que me refieren siempre a algo: un viaje, un campeonato, un amigo, un año, un regalo, un técnico...

El fútbol me hizo solidario, me enseñó a trabajar en equipo, a esforzarme más allá de mis limitaciones, y a conocer mis limitaciones, también a intentar aprovechar las mejores cualidades de los demás. Y me enseñó a ser leal y a elegir a los amigos antes que a los mejores (a la hora del pan y queso).

Muchas veces esto se hace carne por oposición. Pasa cuando ves en primera persona (y en otras personas) individualismos, malas artes, soberbia, desidia o deslealtad.

Jugando conocí grandes amigos. Algunos de ellos lo siguen siendo hasta hoy. Aunque fueron muchos, rescato al “Turco” Saal porque este año  y desde hace veinte alternadamente volvimos a compartir equipo. Con otros, con los que tengo un trato menos frecuente, siempre nos une el recuerdo de algún viaje o partido compartido. Una anécdota es la puerta de cualquier charla de reencuentro.

Ir a ver fútbol es otra cosa. Está rodeado de una cuasi ceremonia, de ritos y mitos, de cábalas, de figuras idolatradas, pósters en paredes y colecciones de figuritas de cartón y chapa. También significa mi viejo, y mi fanatismo adolescente que heredaron mis hijos. Lo que sucede dentro de un estadio sólo se explica desde la pasión, y es muchas veces irracional. Por eso habrá siempre muchos que se quedan afuera...

Los que vamos ya por el segundo tiempo nos sentimos con más autoridad a la hora de “leer el juego”. Se supone que somos ahora nosotros los responsables de “ir llevando” a los más chicos en el camino del esfuerzo, la responsabilidad, el cuidado y el compromiso.

“Este partido ya lo ví”, dicen los más experimentados. Y es casi siempre una frase ligada a la desazón, a resignarse a perder (una vez más). Nadie la dice cuando su equipo gana, gusta y golea.

En la historia de cualquier jugador de fútbol, salvo la extraordinaria carrera de Leonel Messi o Cristiano Ronaldo, siempre se pierde más de lo que se gana. Siempre. Eso es matemático (y lo que se mide no se discute). Con esas salvedades (y tal vez alguno de sus compañeros de coyuntura), nadie gana todos los domingos, ni sale campeón todos los años. Los equipos campeones promedian un 64% de éxito. 64%, los campeones. Imagínense el resto. Por eso es que elijo rescatar el juego, y el cómo se juega. En cómo se disfruta de la victoria sin creérsela, y cómo se puede aprender de una derrota sin sentirse derrotado.

Me quedo con la gente que “hace equipo” y que es capaz de perder en lo personal para ganar en lo grupal. No tengo ganas de ser yo uno de esos veteranos que repite “éste partido ya lo vi”, entregado, sin reacción. Si cada uno aporta lo mejor de sí, y no se entrega, siempre daremos una mejor pelea. Y si toca perder será en la convicción de haberlo dejado todo. No siempre gana el mejor.

La canción dice: “Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia. La verdadera historia. Quien quiera oír, que oiga”.

Buena semana.

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