Columnista |

El gen argento y los adolescentes eternos

Somos especialistas en “buscarle la vuelta” a algunas cosas y situaciones ya constituidas o regladas, que nadie debiera discutir. Y todo eso, lo vivimos como una ventaja, un diferencial positivo del “yo, argentino”.

Participé de una jornada cuyo título resultaba por demás interesante: ¿Por qué trasgredimos los argentinos? El enunciado parte de una afirmación que casi nadie discute, ¿no? Somos “vivos” los argentinos, buscamos siempre un atajo, “pegarla”, tenemos un don especial porque en realidad somos especiales: el mejor jugador de fútbol del mundo y el enviado de Dios en la Tierra son nuestros. ¿Qué más podemos pedir?

También somos especialistas en “buscarle la vuelta” a algunas cosas y situaciones ya constituidas o regladas, que nadie debiera discutir. Y todo, todo, todo eso, lo vivimos como una ventaja, un diferencial positivo del “yo, argentino”.

La charla rondaba sobre el apego y/o desapego a la ley y de cómo debieran ser las sanciones para que se cumplan las normas. ¿Penas más duras nos hacen más cumplidores? ¿Látigo e hijos del rigor son la única forma de domesticar el gen argento?

Entre los numerosos ejemplos que se plantearon sobre las normas y leyes, y cómo nos arreglamos para trasgredirlas (lo más creativamente posible, siempre), las vinculadas con las faltas de tránsito batieron todos los récords. Ya sea como conductores o peatones, todos nosotros vivimos al menos un ejemplo de infracción a las normas de tránsito por día.

Sin embargo, surgió un contra ejemplo que me motivó a investigar.

“¿Alguno de ustedes conoce alguien que fume libremente en lugares públicos cerrados?” La pregunta rebotó en silencio, mientras todos pensábamos. Es difícil encontrar un ejemplo diario como los de las faltas de tránsito, ¿no? ¿Y por qué pasa? Por temor a la ley seguro que no. ¿Acaso alguien conoce a otro que haya pagado las multas previstas por fumar en lugares prohibidos?

La Ley Nacional Antitabaco fue sancionada el 1 de junio de 2011, para la regulación de la publicidad, producción y consumo de los productos elaborados con tabaco. Reglaba distintas acciones: la obligación de que en los atados aparezcan advertencias sobre el riesgo de fumar (“Fumar causa impotencia sexual”, “Fumar causa cáncer”, “Fumar mata”, “Fumar quita años de vida” y otros cantos a la vida); que las tabacaleras están obligadas a colocar imágenes intimidatorias que ocupan el 70% de uno de los lados del paquete; la prohibición total de publicidad o promoción de marcas de cigarrillos a través de cualquier medio de comunicación masivo; la prohibición de venta de cigarrillos a menores de 18 años; la prohibición de las máquinas expendedoras de cigarrillos; la prohibición de fumar en todos los espacios cerrados de uso público o privado (casinos y bingos, boliches, bares y restaurantes, teatros, museos y bibliotecas, transporte público y estadios cubiertos) y la prohibición de fumar en los lugares de trabajo (públicos y privados). La ley también fijó las multas ante cualquier incumplimiento de lo anterior: “serán de entre 250 y un millón de atados de cigarrillos de 20 del mayor precio”. Y aclaró que las multas recaerán sobre “el dueño del lugar” donde no se cumpla la ley. Todo muy claro y amenazante: las multas van hoy de 22.500 a 90.000.000 de pesos. Sí, leyó bien: noventa millones de pesos. Esto podría explicar los porqués nos cuesta encontrar fumadores en lugares prohibidos, sin embargo vuelvo a preguntar: ¿conocés a alguien que haya pagado una multa por infringir la ley antitabaco? Seguro las hay, pero no en la relación necesaria para que esa penalidad haya cambiado la conducta adictiva. Ahí operó otra variable: CRECIMOS. Algo que a los argentinos nos cuesta mucho. Nos cabe más la adolescencia eterna...

Algunos números: en 2005 fumaba el 29,7% de la población adulta, en 2013 esa proporción bajó al 25,1% y en 2017 el 19.2%. En el caso de los jóvenes, el consumo de cigarrillos disminuyó del 24,5% correspondiente de 2007 al 19,6% en 2012 y al 15.7% en 2017. La exposición habitual al humo de tabaco ajeno descendió del 52% en 2005 al 14,3% en 2017, mientras que en los lugares de trabajo pasó del 34% al 9.3%, y en bares o restaurantes del 47,2% al 8.1%. Desde el punto de vista sanitario, a partir de la sanción de ley se evitan (en promedio) 2.500 muertes por año, 4.500 infartos, 1.500 accidentes cerebrovasculares y 1.100 casos de cáncer.

Menos multas, más educación y más respeto por el otro. La canción dice: “voy tratando de crecer y no de sentar cabeza...” 

Buena semana.

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