Editorial

VIVA EL BÁSQUET

Ojalá nos pareciéramos más al básquet. Es un camino más largo, que requiere esfuerzo y dedicación, profesionalismo y rigurosidad, compromiso y tesón. Así, también se disfruta ser el segundo mejor.
domingo, 22 de septiembre de 2019 · 08:00

Hace sólo una semana la selección argentina de básquet jugaba la final del mundo en Shangai, República Popular China. Había logrado una serie de triunfos que sorprendieron a algunos distraídos, que rápidamente se ocuparon de ensalzar a los “nuevos héroes” nacionales.

En cuartos de final la Argentina se impuso al campeón europeo, Serbia; y en las semis al poderoso Francia.

Así las cosas, el populismo subía y la competencia ganaba centímetros en los diarios impresos, miles de posteos en las redes sociales y más minutos de aire en radios y emisoras de televisión. De repente, aparecieron los opinadores profesionales de siempre: “ganamos a lo argentino”; “ellos tenían un promedio de 2.13 metros y les ganamos igual porque tenemos más huevo y corazón”; “si tuviéramos algún jugador en el NBA como en otros torneos, ganábamos caminando”; “les ganamos a los mejores de Europa, verdaderos cracks”, “estamos ante la nueva generación dorada, guiados por un magistral Scola”.  A estas definiciones se sumaban móviles en los distintos pueblos y ciudades donde nacieron los jugadores, al tiempo que se recorrían las carreras deportivas y se hurgaba en la vida privada de los protagonistas, mientras que las pocas casas de deportes que comercializan la musculosa nacional se quedaban sin stock.

Todo muy normal y hasta esperable. Sin embargo los protagonistas desmentían la euforia criolla: “los nuestros también son jugadores de élite”, sintetizaba el técnico después de ganarle a Serbia... En la previa de la final, Scola parecía bajarle el stress a los propios periodistas que lo entrevistaban: “...es un partido de básquet, puede ganar cualquiera de los dos, nosotros vamos a dejar todo como siempre pero no se gana sólo con corazón, hay que jugar bien técnica y tácticamente”.

Ese partido, la Final del Campeonato Mundial de Básquet 2019, lo ganó España. De punta a punta. Barrió el planteo de la selección Argentina ralentizando el juego y encestando desde todos lados. Cuando la diferencia entre ambos se había achicado a 12 puntos el técnico Hernández pidió tiempo y el micrófono de ambiente registró una indicación que probablemente describa como nadie de qué va eso de conducir un grupo: “necesito que me escuchen a mí, falta poco y yo sé que ustedes están tentados en hacer la jugada heroica para acercarnos; pero nuestros puntos no llegaron por ahí. Llegaron cuando pudimos sorprenderlos en pick and roll y cuando asumimos riesgos en el último pase. Ese es el camino”. Corazón caliente y cabeza fría. Temple de conductor que podrá ganar y perder pero sabe cuál es su misión como responsable del grupo (el momento y la oportunidad lo potencian aún más).

Finalmente España superó a la Argentina por 20 puntos y el técnico dijo: “no perdimos la medalla de Oro, ganamos la de Plata”. Consulado sobre el futuro, señaló: "No vivo de expectativas o de sueños. Pero sí veía que el equipo tenía química y potencial. Desde Toronto 2015 que lo palpo. Algo había ahí. Llegar a esta final fue maravilloso, pero para Tokio (los próximos Juegos Olímpicos) falta mucho...".

Hernández se hizo cargo del recambio generacional en un momento complejo. Su proyecto generaba dudas en los dirigentes de la Confederación Argentina de Basquet, en su entorno e incluso entre los propios jugadores. Sin embargo logró una identidad y que los más jóvenes aprendieran de las derrotas. A los 39 años Luis Fabián Scola lo resumió: “España es un justo campeón. Era un gran rival y no pudimos. El Mundial fue espectacular. En nuestras cabezas llegar a la final era uno de los objetivos pero no era posible en la cabeza de todos, por eso les llamó la atención".

Como una ironía del destino, mientras sucedía la premiación en China, los medios de comunicación recalculaban rápidamente para registrar con detalles el primer partido de Diego Maradona como técnico de Gimnasia y Esgrima de La Plata. “La revolución Diego”, “Volvió Dios”, y “Por Diego, somos todos lobos” fueron sólo alguno de nuevos/viejos títulos de siempre. Maradona podría, como pocos, ser un fiel reflejo de nuestro país. La gloria y Devoto todo el tiempo. Del amor al odio sin escalas (ni miramientos). El triunfo y la caída. De la gloria deportiva a las adicciones. De la cocaína y los excesos en Barcelona a la connivencia con la camorra napolitana. Los miles de regresos seguidos por iguales caídas. La búsqueda de responsables y culpables siempre “afuera” resumidas en el memorable “me cortaron las piernas”. Las “vueltas” de la muerte, las múltiples apariciones de hijos no reconocidos, del exilio en Qatar a México y ahora a La Plata.

La actualidad de Diego Maradona es triste. Apenas puede articular lo que piensa y quiere, para intentar decirlo y hacerse entender. Todos los vemos. Casi todos eligen mirar para otro lado ¿Quién piensa en el ser humano? ¿Quién lo cuida? ¿Es que el show debe continuar a cualquier precio?

Ojalá nos pareciéramos más al básquet. Es un camino más largo, que requiere esfuerzo y dedicación, profesionalismo y rigurosidad, compromiso y tesón. Así, también se disfruta ser el segundo mejor.

Buena semana.

Comentarios