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Argentina es Maradona. Maradona es Argentina

De repente, el 10 había muerto. Y ésta vez era verdad, no habría nuevo milagro ni resurrección. Dicen que murió a los 60 años, aunque debieran ser 600. Su vida fue una constante montaña rusa. La gloria y Devoto todo el tiempo. Tan nuestro que duele...

Imposible no hablar de la muerte del 10. Casi tan imposible como no repetir algo que ya hayas leído o escuchado estos días.

Las tapas de todos los diarios del mundo dieron cuenta de ello. Los 857 periodistas extranjeros que hicieron migraciones para cubrir la noticia el jueves pasado, también.

De repente, el 10 había muerto. Y ésta vez era verdad, no habría nuevo milagro ni resurrección.

Dicen que murió a los 60 años, aunque debieran ser 600. 1 año en la vida de Maradona son 10 de cualquiera de nosotros. Solo así se explican las miles de anécdotas y fotos que aparecieron estos días junto a personas y personalidades de todas las latitudes del mundo. Desde sus 15 años (cuando debutó en la primera de Argentinos) entregó su vida a la opinión pública. Desde entonces nada de lo que hizo o no, dijo o no, pasó inadvertido.

Diego Maradona fue un futbolista impar. Nunca habrá otro igual. Que saltó al vacío desde la necesidad de Fiorito a la opulencia del jet set que transformó su entorno y alejó a los amigos genuinos y trajo a los siempre interesados “amigos del campeón”. Tal vez, por no bancarse ese cambio se sumergió en la oscuridad adictiva de las drogas con tan sólo 22 años. Su personalidad y la sensación de todopoderoso que le devolvía el nuevo espejo, hicieron el resto.

Su vida fue una constante montaña rusa. Tanto como futbolista, como ex, o técnico. La gloria y Devoto todo el tiempo.

El hombre de las mil caras, los mil estados físicos, los mechones y las barbas sin barberías. De las genialidades futbolísticas a la suspensión de 15 meses por doping en el mejor momento de su carrera, de la resurrección mundial al “me cortaron los piernas” en EE.UU.; de las vueltas en Sevilla, Newell´s o Boca, al retiro definitivo. De las fallidas experiencias como director técnico al sueño frustrado con la selección en Sudáfrica.

Diego Maradona empezó a calar en la vida pública de la Argentina a las 12 años con las cebollitas (“mi sueño es jugar en el mundial...”) y lo hizo hasta el último día de su vida. Muy probablemente no habrá nunca ninguna otra persona en todo el mundo con esa características, impronta y ascendencia y permanencia. Y en esos 48 años ininterrumpidos de “gran hermano 7/24” convivieron genialidades y miserias, enormes logros y enormes fracasos. Y por eso dividió aguas. Al mejor estilo argentino. Entre los que lo amaron, aman y amarán incondicionalmente y entre los que quieren separar al deportista del hombre. Como si fuera posible..., incluso algunos aún van más allá y eligen solamente al deportista campeón. Tan nuestro que duele... .

A pasar de la montaña rusa, Maradona mantuvo algunos principios (que aumentaron la grieta): siempre fue un anti sistema. Eligió pelearse con los poderosos una y otra vez, sin importarle si eran Presidentes o Papas, y también priorizó a los que se espejaban en su imagen niña de Fiorito. Hizo política sin proponérselo, en un juego transgresor que lo acompañó hasta la tumba. Abrazó las minorías e hizo de sus amigos a los enemigos de los Estados Unidos (Fidel Castro, Chávez y Maduro), pero también celebró la libertad de Lula y el regreso del peronismo derrotando a Macri (al que había bautizado “cartonero Baez” durante su convivencia en Boca).

Hoy aparecen algunos sectores de la lucha de género que lo tildan de misógeno, golpeador y de haber corrompido niñas en Cuba. Probablemente también aparezcan nuevos reclamos filiales. “Es el Diego” contestan los fieles de la “Iglesia Maradoniana”. Algo así como: al Diego se le perdona todo, para él todo vale. Tal vez porque representa el triunfo de Pelusa, un “pibe de la Villa” que llegó a la cima del mundo. Es el aspiracional de los que quieren creer que sí se puede. Por eso en la tumultuosa despedida en la Casa Rosada alternó el dolor y la bronca. Dolor por la pérdida irreparable y bronca porque “se fue el último prócer, el Robin Hood irreemplazable”.

La Argentina es Maradona.

Una potencia, autodestructiva. Capaz de pasar del granero del mundo al desabatecimiento; que tiene la segunda reserva de gas natural de la tierra pero no logra inversiones para sacarlo de sus suelos, y la cuarta reserva mundial de agua dulce pero sigue apilando su población en las megaciudades y sus “gran” (Gran Buenos Aires, Gran Rosario o Gran Córdoba); que pasó de explotar de reservas en oro a endeudar a tres generaciones; que alimenta una grieta eterna que solo nos pone límites, odio y división; que tuvo en su historia la conducción de prohombres y también de los más oscuros y detestables; que busca la respuesta genial y mágica sobre la que llega como consecuencia del trabajo y el esfuerzo.

Hubieron imágenes tristemente hermosas entre los miles que salieron a la calle estos días. Abrazos entre “rivales” unidos por el dolor (de Boca/River o de Newell’s/Central).

El mundo entero se hizo eco del paso a la inmortalidad del argentino más argentino. ¿Seremos capaces (los que quedamos) de torcer el destino?

Buena semana.

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