El virus empieza a crecer inexorablemente entre nosotros.
Es tiempo de tratar de crecer, y (también) de sentar cabeza
Sin vacuna habrá coronavirus indefinidamente. Hasta entonces habrá que aprender a convivir con la enfermedad. Sin importar en qué momento de la curva estemos, creo importante señalar que no es tiempo de relajarse.
Los principales sanitaristas del país dicen que es inevitable y que sólo quedará evaluar la progresión diaria para determinar nuevos encierros (más o menos estrictos).
El viernes anunció el resultado de su test positivo el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, que pidió (casi como una súplica): “quédense en sus casas todo lo que puedan”.
El gobierno nacional optó por una cuarentena temprana que no evita la enfermedad pero permitió tiempo. Tiempo para equipar los hospitales de más respiradores mecánicos, para montar centros de atención para pacientes leves que deben estar aislados, para recibir insumos de protección descartables y dispositivos para testear preventivamente a personas asintomáticas. Tiempo ganado.
También tiempo para analizar cómo respondieron otros países de Europa que nos antecedieron en la propagación del Covid19; y tiempo para acercarnos a la vacuna. Es dable afirmar que superaremos la pandemia solamente cuando llegue la vacuna.
Sin vacuna habrá coronavirus indefinidamente, ya que se trata de un virus completo, de los que no se disipan, ni superan.
Hasta entonces habrá que aprender a convivir con la enfermedad.
Hoy aprendimos sobre distancia social, a toser y estornudar en el pliegue del codo, y a higienizar con detalle los alimentos que compramos y la vestimenta con la que entramos a nuestras casas. En Europa lo llaman “la nueva normalidad”, que por cierto dista bastante de la normalidad “normal” que tenían hace algunos meses.
Por estos días empezó a generarse un término esperanzador: “la pospandemia”. Hay quienes inclusive están trabajando en cómo será ese tiempo. La realidad indica que la situación, aún conviviendo con el virus, se vive en países europeos que ya se abrieron al turismo con distancia social y van recobrando actividad comercial y cultural (con un tercio de los asistentes en teatros o cines) y deporte profesional (como la Liga española este fin de semana), sin público en los estadios. Esas “fotos” de la pospandemia hablan a las claras de que sus efectos siguen y seguirán permanentes hasta que la ciencia encuentre el antídoto y los laboratorios se ocupen de producirlo y distribuirlo en el mundo.
El virus cambió formas y formatos de enseñanza y aprendizaje; postergó y reemplazó festejos y aniversarios por “zoompleaños”; expuso, como nunca antes, las limitaciones de los no nativos digitales; potenció el teletrabajo; puso a prueba la convivencia de familias y parejas que pasaron a compartir juntos muchas horas del día; limitó la actividad física individual y de grupo; disparó el interés por actividades culturales y culinarias puerta adentro; nos alejó de la preponderancia estética y de la imagen; y también nos alejó del consumismo, el marketing y los ritos de la moda, entre otras realidades.
El virus también nos mostró caras encontradas como sociedad. Afloró lo mejor y peor de cada casa como diría Serrat.
Solidaridad y aplauso a los médicos por las noches y cartelitos pegados en los ascensores comunes que pedían su expulsión del edificio (“porque nos vas a enfermar a todos”). De repente también es eje de posiciones políticas a favor y en contra de las decisiones del gobierno en materia salud. Hay quienes sostienen que la cuarentena y los sistemas de ayuda y subsidios para los ciudadanos son una suerte de ensayo socialista que nos depositará en la Cuba de Fidel Castro. Otros, que vamos camino a la Venezuela de Chávez y Maduro, producto de la destrucción del proceso productivo en algunos rubros y el quebranto comercial de otros. Desde el gobierno muestran las curvas y las estadísticas comparativas y defienden a capa y espada su decisión, con los números de contagios y muertos en la mano. La especulación política no es bienvenida por estos días y quien no lo entienda así, pierde. El jefe de gabinete Santiago Cafiero elucubró que con Macri presidente esta pandemia hubiese sido desastrosa para los argentinos. A los dos minutos le saltaron a la yugular desde el adormecido búnker de la oposición. ¿Por qué habló Cafiero? ¿A quién le sirve polemizar en este contexto? Las encuestan demuestran que la opinión pública apoya mayoritariamente las medidas que impulsa el oficialismo en relación a cómo enfrentar la pandemia, ¿por qué “traer” a Macri a éste escenario? Parece más una torpeza que una estrategia política exitosa.
Sin importar en qué momento ni lugar de la curva estemos, creo importante (y responsable) señalar que no es tiempo de relajarse, ni de minimizar la virulencia del virus; aprendiendo de los muertos de los otros para que no sean nuestros.
Buena semana.

