Cuando las abuelas decían “el horno no está para bollos”, todos sabíamos que querían decir. Lejos de detenerse para dilucidar significados/significantes, el mensaje era claro: “paren con la joda” o “dejen de hacer lío”.
Sobre hornos, panes y bollos
Cuando las abuelas decían "el horno no está para bollos", todos sabíamos que querían decir. La gente de a pie no está permeable a tolerar las miserias egocéntricas de algunos candidatos y partidos. Por Ricardo Varela.
El tiempo mató la curiosidad y supe que la frase se remontaba a la cocción española de un especie de pan dulce que vendían las panaderías solo en ocasiones especiales, justamente porque la temperatura para cocinar el pan (el de todos los días) es mayor a la deseable para esos bollos dulces (que se hacían en fechas festivas). Cuando la gente los pedía, la respuesta era la del dicho que nuestras abuelas importaron a América.
Esta semana tuve esa sensación muchas veces.
Creo que algunos de los principales actores del quehacer diario del país no están viendo “toda la cancha”.
La semana pasada “anticipaba” en ésta misma página que estábamos entrando en la cuenta regresiva de una nueva campaña electoral nacional. Algo que se vio reflejado en las calles de las ciudades del sur con afiches de nuevos/viejos candidatos, globos de ensayo políticos y nuevos/viejos slogans. La pregunta que quedó flotando hace una semana se hizo finalmente presente: ¿están los vecinos para bancarse una larga y sinuosa campaña política en este contexto sanitario y social? ¿Es algo que los aparatos político/partidarios no ven? Mi sensación es que algunos están a destiempo de la hora, y también que el horno no está para bollos.
Las elecciones tendrán lugar en un momento inédito de la historia nacional y mundial y creo que tanto las campañas como sus discursos (y tonos) se tendrían que adaptar a esta situación.
Más allá de la grieta y de las posiciones encontradas (y en apariencia irreconciliables) la gente de a pie no está permeable a tolerar las miserias egocéntricas de algunos candidatos y partidos.
Esta semana el país dividido se dividió (una vez más) en relación a distintos temas:
a) los legisladores del oficialismo no dieron lugar al proyecto opositor que le quitaba la palabra “negligencia” a la Ley de Vacunas a la espera de un DNU presidencial que autorizaría (finalmente) la compra a Pfizer y Moderna;
b) la vicepresidenta Fernández de Kirchner apareció en Lomas en tono campaña afirmando que el país que dejó Macri ya estaba “patas arriba” antes de la pandemia;
c) a pesar de haber dicho que nunca la haría, Manes se lanzó el viernes como candidato de la UCR bonaerense;
d) la Ciudad de Buenos Aires abrió la inscripción de mayores de 35 mientras anuncia que “probará” la combinación de segundas dosis desde Agosto;
e) algunos índices del consumo y la recaudación mostraron mejoras desde mayo;
f) Sergio Massa salvó “un descuido” del ministro de economía que proponía pagar impuesto a los bienes personales a los que tuvieran plazos fijos;
g) crece la brecha del dólar, mientras el debate no salda sobre la ecuación inflación/salarios.
La rigurosidad informativa de los siete puntos anteriores no admite discusión, sin embargo según donde estén parados los protagonistas se las arreglaron para oponerse. En algunos casos, por oponerse nomás, en un modelo que les fue funcional durante mucho tiempo pero, a mi modesto entender, empieza a correr riesgo.
Entiendo que desde la irrupción del COVID nada será como alguna vez fue. La historia dice que los presidentes de las posguerras (aún habiéndolas ganado) perdieron las siguientes elecciones. Un ejemplo categórico se dio hace solo unos días en Israel. Señalado como uno de los países que mejor manejó la pandemia, el que mejores campañas de vacunación realizó (en tiempo, forma y grupos alcanzados) y mejores indicadores de muertes cada 100.000 infectados tuvo, acaba de cambiar de gobierno.
Tras 12 años gobernando, Benjamin Netanyahu dejó de ser primer ministro después de que el Parlamento aprobara la formación de un nuevo gobierno por 60 votos a favor y 59 en contra. Naftali Bennett, un millonario de derecha, sustituyó a Netanyahu a pesar de haber manejado los efectos de la pandemia mejor que nadie…
Puede ser sólo un dato (aunque no lo creo), pero me permito sugerirle a los políticos argentinos que se reformateen y formulen estrategias de acuerdo a la hora. Ya nada será igual, y quienes no lo vean se pueden quedar al lado del camino.
Buena semana.

