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Correo desde Madrid: la despedida de Sabina en su ciudad

Las sensaciones del último concierto de Joaquín Sabina en Madrid. Un artista que marca la conexión más genuina entre España y Argentina.

Medio enclenque, sentado casi todo el show y con dos largas pausas para recomponerse. Con un vozarrón lento y corrugado, que está en las últimas, pero que no pierde la esencia y la marca registrada. Con su icónico sombrero bombín, que, por 15 euros, se reproducía en versión cotillón en miles de cabezas en el Movistar Arena de Madrid. Al borde de las lágrimas en más de una ocasión, con la mirada melancólica de los que dicen adiós dejando atrás un largo recorrido.

Así se lo observaba a Joaquín Sabina en uno de los últimos tres conciertos de su gira de despedida de los escenarios, que lo llevó a recorrer el mundo durante un año y medio, y que ahora tiene su punto final, definitivo, en Madrid, la ciudad en la que, según dijo en el show, “nacieron todas las canciones”. Por eso la emoción de él, a sus castigados 76 años, y de la gente, menos fervorosa que el público argentino, pero no por eso menos genuina.

Para mí, Sabina y Madrid son casi una misma cosa. A medida que camino por las calles voy entendiendo referencias de sus canciones y también las canciones me sugieren lugares para visitar. El personaje con el que se autorretrata en sus historias es un producto típico de esta ciudad en la que la gente vive en los bares y discute a los gritos. En uno de los shows él la definió como una ciudad “insomne, cómplice, hospitalaria, nocheriega y tabernaria donde se han escrito todas estas canciones”.

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Vi el concierto al lado de Esther, una señora de unos 65 años que me decía que con su hermana no se perdían nunca los shows de Sabina en Madrid y que su otro ídolo era Serrat, también retirado de los escenarios. “Esto es pura nostalgia, nos quedamos sin artistas para salir a ver”, decía mientras me convidaban de unos sánguches de miga que bajaban con la cerveza que se vendía a cuatro euros el vasito.

Esther me hacía acordar a mi mamá y a toda la legión de sabineros y serrateros que conozco del otro lado del Atlántico y que forman parte de las decenas de miles que han llenado estadios y estadios para verlos en los últimos años. Esa conexión seguramente se explica porque Buenos Aires y Madrid, España y la Argentina, tienen en común muchos de sus mejores atributos. Y aunque un grande se baje del escenario, esa esencia no se pierde ni en 19 días ni en 500 noches.

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