Se acerca el fin de año. Ese momento en que, casi sin darnos cuenta, empezamos a hacer balance: ¿Qué quiero para el año que viene? ¿Cómo quiero vivir mi vida? ¿Qué de este año me hizo bien y qué preferiría cambiar?
La trampa de repetirnos
Por Mónica Dreyer.
Pero detrás de estas preguntas aparece otra, más profunda: ¿Podemos realmente cambiar aquello que no deseamos?
Hay cambios simples, de “primer orden”: mejorar la alimentación, empezar actividad física, revisar vínculos que ya no aportan o ajustar la forma en que trabajamos. Son decisiones concretas, visibles, que dependen en gran parte de nuestra voluntad.
Sin embargo, hay otro tipo de cambios, mucho más desafiantes: los cambios transformacionales. Esos que exigen revisar patrones, creencias profundas —a veces invisibles— que colorean todo lo que hacemos. Cuando alguien quiere cambiar una acción y no puede, casi siempre hay algo más atrás, operando en silencio. Es como un hámster corriendo en su ruedita: siente que avanza, pero está en el mismo lugar.
Nos quejamos, sufrimos, intentamos… pero repetimos. Seguimos en la relación tóxica, no logramos bajar de peso, nos frustra el trabajo o el sueldo, y aun así no movemos la aguja. La mente, a veces, funciona como una caja cerrada donde siempre suena el mismo loop. Y sin darnos cuenta, esa estructura interna nos encierra en los mismos resultados.
Los cambios transformacionales aparecen cuando logramos ver esa caja desde afuera. A veces ocurre por elección y otras, a la fuerza: una crisis emocional, una enfermedad, una ruptura, un cambio laboral, un “¡basta!” que nos sacude. Pero, por conciencia o a la fuerza, cuando un cambio profundo sucede, la fuerza que libera es inmensa.
Fin de año es una oportunidad. No solo para hacer lista de deseos, sino para preguntarte desde dónde vas a diseñar tu próximo año. Quizás el desafío no sea hacer más, sino hacerlo desde otro lugar.
El próximo año puede ser un giro o una repetición. La diferencia está en la conciencia que pongas hoy.

