Porque es como en la economía de una casa: no se puede gastar más de lo que ingresa. ¿O si? Claro que no, qué pregunta tan atrevida. Por eso el gobierno insiste en que el estado de las cosas genera demasiado gasto y por tal es necesario hacer lo que se haría en cualquier hogar: gastar menos.
El elefante en la cocina de casa
Por Nico Varela (@nicoevarela).
Como haría cualquier padre de familia. ¿O no? La cuenta es sencilla. Se los sienta a los chicos y se les dice que no se puede. Después depende de cada padre elegir qué no se puede. Como el gobierno argentino que elige, por ejemplo, negarse a pagar lo que la ley indica que debe pagar a las prestadoras de servicios a personas con discapacidad. Porque sería una irresponsabilidad fiscal, una imprudencia. Algo que un padre de familia nunca haría, mucho menos si acaba de comprar dos autos deportivos de la década del setenta. Unas verdaderas máquinas, aviones, dignas de un padre de familia fuerte y responsable que además se toma el necesario trabajo de mostrárselo caprichosamente a los vecinos, que ahora respetan.
Porque un padre de familia que se respeta, que no gasta más de lo que ingresa, se hace respetar fuera y dentro de la casa. Si los chicos se encaprichan con querer que se gaste dinero del que ingresa en su educación, en salud, en la chica que los cuida y sus aportes mientras el padre recorre el mundo, se resuelve con decisión. Se los manda a bañar, a dormir, y si insisten se les pega.
Bertie Benegas Lynch hijo (el que cobra del estado un sueldo de diputado) dijo que quizás para un padre sería conveniente no mandar siquiera a sus hijos a la escuela, porque le pueden ser más útiles en el taller. Con lo cual perfectamente un padre de familia normal, amigado con el sentido común, puede usar dinero del que los demás integrantes de la familia dispongan, para garantizar cosas importantes como invitarle la cerveza a sus amigos que le festejan los chistes en reuniones trasnochadas. Como haría cualquier padre de familia.
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Según el Banco Central el 10% de las personas humanas (como nos definen últimamente) que están bancarizadas están en mora. Si, en mora. No con pendientes, no atrapadas en el vicio infinito del pago mínimo, en mora. No pagan.
Una de cada diez personas humanas, familias, gasta más de lo que le ingresa. Y a eso no le estamos incluyendo las personas jurídicas, empresas, asociaciones, etc. Esa estadística tampoco incluye a los que deben a un familiar, un amigo, el mercado del barrio o el prestamista.
Porque ningún padre hace eso. Porque el padre de familia, la madre de la familia, sabe que en un hogar no se gasta menos. Se ingresa más. Como sea. Por eso hoy cerca del 6 de cada 10 bancarizados tienen una deuda con su tarjeta de crédito. Más de la mitad de las los que somos, sabe que la próxima vez esa deuda se va a llevar una parte en capital y otra en intereses. Eso perturba el orden mental de cualquier persona humana. No lo deja dormir, lo acompaña en todas sus reuniones sociales, decisiones, comidas, en cada transacción, en cada compra, siempre está presente el fantasma de la deuda.
Como dijera el presidente Javier Milei alguna vez: las veredas no están llenos de cadaveres, la gente de alguna u otra forma se las arregla. Él creyó suficiente explicar que la gente no está pasando dificultades económicas porque sino veríamos personas muertas de hambre a cada paso que diéramos. Y eso no pasa.
Ni siquiera a él. En sus veredas, esta semana, solamente se vio el cadaver de un soldado argentino de 21 años que se quitó la vida porque le debía a la tarjeta 2.000.000 de pesos digitales, y su sueldo era de apenas 600.000.

