Si alguien me preguntara, por ejemplo: ¿cuándo empezó Canning a convertirse en lo que es hoy? Yo contestaría que entre Alemania y Sudáfrica. Porque soy de esas personas, de las que todavía quedamos muchas, que mide el tiempo en mundiales. Que para recordar cualquier proceso lejano y amplio en su definición, necesita una unidad de medida igual de amplia e igual de universal. Los calendarios tienen días, semanas, meses, años y mundiales transcurridos. No es para nada moderno o innovador, desde 1950 para acá el tiempo se mide así, y antes también, con ese lapso al que llamaban ‘olimpíada’ (el período entre dos juegos olímpicos).
Cada uno su carrera
Por Nico Varela (@nicoevarela).
Esta semana en el ElDiarioSur en vivo nos tocó entrevistar a un humilde y muy amable autor de Luis Guillón, que nos presentó el libro “Historias de las Tres Estrellas”. Luis Climenti se llama, y junto a otros 27 autores de todo el país publicaron un recopilatorio de cuentos sobre personas reales viviendo desde sus casas la final de Qatar 2022. El libro es colaborativo, y partió de una iniciativa en un taller del conocido autor Hernán Casciari. Al menos para mi generación, uno de los mejores.
Seguro ustedes leyeron algún cuento de Casciari, o al menos lo escucharon leído por él mismo en su columna de la vieja Metro 95.1. El más conocido, el que lo catapultó a la fama, lleva el título de “Messi es un perro”. Sencillamente una obra maestra de la literatura moderna donde traza un paralelo entre su perro y Leo Messi, por la forma en que miran la pelota.
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Es tan extraordinario que lo que más recuerdo es cómo empieza el cuento. El autor cuenta en primera persona que llega a semejante divague mental porque estaba frente a la computadora con la hoja de Word en blanco, y no se le ocurría nada para escribir en su columna del diario La Nación. Su forma de escapar de la responsabilidad de escribir una columna periodística, fue escribir un cuento.
Porque escribir es escribir, hacer contenido es hacer contenido, y hacer periodismo es hacer periodismo. Ser periodista es un trabajo también. Donde muchas veces hay que hacer lo que uno no tiene ganas de hacer. Esta semana, por ejemplo, gracias a la amabilidad de nuestros amigos en Canning Motorsport, uno de nuestros jóvenes periodistas pudo estar arriba del micro de Agustín Canapino, y eso a quién no le gustaría. Pero también es verdad que ese mismo muchacho entrena en un barrio de la ciudad, pero no juega porque cubre periodísticamente los partidos. Lo hace así porque el día que pisó la universidad de periodismo por primera vez, antes de decirle ‘buen día’, le dijeron que nosotros trabajamos cuando los demás no trabajan. Que es cuando pasan las cosas. Algunos no nos entienden, así como nosotros no entendemos a un corredor de autos que arriesga su vida para morir tres horas de calor una vez por semana, o a un pediatra.
Todos queremos que nos levanten en hombros con la copa del mundo en la mano. ¿Pero todos queremos ser Messi? ¿O Maradona? Todos queremos tener lo bueno de todos los trabajos, pero solo podemos soportar lo pesado de uno. Eso, creo yo, es la definición de vocación.
En tiempos de influencers, gurúes del marketing digital, domadores de sección comentarios y escrachadores de Facebook y TikTok; al periodismo le quede, quizás, solo la parte fea. La de la verdad. La que perjudica a todos alguna vez, según qué sesgo ideológico o qué intereses le toque perturbar. Pero la que todos necesitan cuando pasan cosas importantes. A cara descubierta, con responsabilidades legales, éticas y morales. Como las de un competidor de élite, o las de un médico de chicos.
Como dijera el mandato de Walter Williams, que un gran maestro me enseñó: nadie debe decir como periodista lo que no pueda decir como caballero.



