Esta es una de esas columnas editoriales por las que nadie se puede ofender, o al menos no públicamente. Porque yo sé que alguien se va a ofender. Más de uno va a tirar el diario a mitad del texto preguntándose quién me creo que soy para dar lecciones, que es de lo que vengo a hablar.
Estoy cansado que me digan lo que tengo que hacer
Nicolás Varela es periodista y conductor de radio de profesión. De lunes a viernes conduce Buenos Vecinos, un magazine de información y entretenimiento local por FM 88,7 y El Diario Sur en Vivo. También forma parte de FeFIJEE al Extremo, los sábados a las 20.
Vengo a hablar de ese pensamiento que está en muchos de nosotros pero que aparece especialmente en ese habitáculo en el que solemos estar solos, definitivamente sin nadie que nos mire a la cara. “A mi nadie me dice qué hacer” y sus variantes debe de ser la frase que más se repite después de bajar de la autopista en la rotonda de Coto para entrar a Canning.
No tengo pruebas -pero tampoco dudas- de que algo así deben pensar tanto los que quieren salir de la rotonda hacia la 58, como los que vienen desde Ezeiza y quieren subir a la autopista. Allí se da el cruce que marca el fin de la civilización vial para dar comienzo a los Juegos del Hambre de Pasar Primero. Cualquiera que vea la realidad y dispense de ser políticamente correcto sabe que es así.
Porque está a la vista de todos la línea que delimita los dos carriles y la banquina. Dos carriles y banquina. No tres carriles. Si fueran tres carriles la segunda línea sería punteada, pero no. Es una línea completa. Y lo que digo no es de botón ni de alcahuete, digamos que por más que uno crea que está solo y encoja un poco los hombros cuando se tira a la derecha, está solo dentro de una máquina de dos o tres toneladas. Es obvio que nadie toma la banquina como tercer carril pensando que “nadie se va a dar cuenta”. Uno podría decir que la solución sería despintar la línea y habilitar tres carriles, pero si se hace eso no habría caminos disponibles para las Amarok, Hilux y Gol Trend, que no pueden esperar detrás de un Palio o un Clio.
Además, tres carriles ya tiene la ruta a la altura del shopping Las Toscas, si avanzamos en el mismo sentido. Dos carriles para continuar por la ruta y un tercero destinado a quienes quieran doblar a la izquierda para entrar a la diagonal Sargento Cabral. Está explicitado en las pinturas de la calle y en el semáforo. Y de ese tercer carril también se abusa. Total, el que está atrás peleándome porque no puede doblar, no me ve a la cara y no puede hacer nada una vez que el semáforo dé verde a seguir derecho y yo avance saltándome la fila de los otros dos carriles.
La bronca es entendible. Los bocinazos no faltan a la cita en esos casos. Ni siquiera los de los conductores que sí lograron más tarde doblar a la izquierda para terminar estacionando sobre el cordón de Cabral. Que está prohibido, sí. No se debería poder estacionar, ni detenerse, ni un ratito, ni ya vuelvo, pero qué puedo decir del pobre conductor que todavía hoy sigue esquivando los camiones que cargan madera como si Canning todavía fuese el pueblo de campo que alguna vez fue.
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Esta semana nos visitaron en el estudio de El Diario Sur - En Vivo un grupo de alumnos del Grilli Canning College que, como tarea de la materia de Construcción Ciudadana (o como sea que se llame ahora), presentaron en el Concejo Deliberante un proyecto de ordenanza para construir bicisendas en la calle del colegio y aledañas. Para elaborar el proyecto de ordenanza debieron hacer estudios y entrevistas, entre los que estaba el de salir a la calle para ver la cantidad de infracciones que cometen los conductores al pasar por Boulevard Dupuy. Luego de armar junto a los docentes y colaboradores el proyecto, lo llevaron al HCD de Esteban Echeverría donde fueron bien recibidos, según ellos mismos contaron, por la presidenta del cuerpo, Valeria Bellizzi. Comentaron sus inquietudes, y recibieron la felicitación de los concejales que les reconocieron el trabajo y la puesta a punto del proyecto de ordenanza. El plan original, la problemática que se buscaba atender, era la de construir bicisendas por una razón primigenia y fundamental: andar en bicicleta por la calle les resulta peligroso.
Muchos estarán pensando, ahora que traje a la mesa el rol del Estado, que hay cosas para mejorar en Canning en cuanto al tránsito. Y estoy de acuerdo. Pero para eso, también corresponde decir, habrá que esperar a que algún inversor privado considere rentable convertir la Ruta 52 en autopista o que cambien los vientos liberales que se oponen abiertamente a la obra pública, como explicitaron antes de la elección presidencial de 2023. Canning ha sido más que favorecido por la obra pública de los municipios y de la Provincia en los últimos años, acompañando su crecimiento, pero queda pendiente la cuestión cultural.
Créanme, los entiendo. Entiendo que Canning, a pesar de la mirada que tiene del afuera, no es una ciudad de oligarcas. Los vecinos de los countries son trabajadores que han podido capitalizar su esfuerzo y han encontrado la oportunidad de convertir esa capitalización en calidad de vida. Nada les fue fácil, y por eso comprendo que la libertad de manejarse en una Jeep, una BAIC o un auto deportivo de alta gama (no me sé el nombre de ninguno) pueda venir acompañado de la sensación de haberle ganado a la vida y que, en consecuencia, nadie puede decirles qué hacer. Pero ahora son sus propios hijos, la generación de nacidos y criados que hoy ya es adolescente, la que clama a viva voz -y así lo hizo en el stream de El Diario Sur- un poco de respeto. O como aprendí de la doctrina Grilli que todavía me acompaña todos los días: ejercer la libertad con responsabilidad.

