Hay una pregunta que atraviesa los siglos y sigue incomodándonos: ¿hasta dónde estamos dispuestos a perdonar? «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra», dijo Jesús frente a quienes querían condenar a una mujer acusada de adulterio. La frase no niega la falta, sino que pone en cuestión el lugar desde el que juzgamos a los demás. Esa misma tensión aparece en la historia de San Calixto I, papa de Roma a comienzos del siglo III, quien impulsó una reforma penitencial al defender que los cristianos que habían cometido pecados graves podían arrepentirse, recibir la absolución y volver a la comunidad, en lugar de quedar excluidos para siempre. Una postura que desafió el rigorismo de su época y provocó fuertes enfrentamientos con sus adversarios.
Historias de Santos: el escándalo de la misericordia
Reflexiones sobre la vida de San Calixto I. Por Clara Milano.
Sus adversarios consideraban que esa postura era demasiado indulgente. Pero el debate que atravesó aquella primera Iglesia sigue interpelándonos: ¿una persona debe quedar definida para siempre por aquello que hizo mal? La misericordia no significa negar el daño ni eliminar la responsabilidad; significa reconocer que el arrepentimiento puede abrir un camino nuevo y que nadie debería ser reducido para siempre a su peor decisión.
Hay un dato de su historia que vuelve todavía más potente esta reflexión: Calixto habría sido esclavo antes de llegar a ocupar la sede de Roma. Los relatos antiguos sobre su vida son complejos y, en buena parte, proceden de adversarios, por lo que algunos detalles requieren cautela. También se le atribuye la organización de un cementerio cristiano en la Vía Appia, las actuales catacumbas de San Calixto, pensado como lugar de sepultura para los miembros de aquella comunidad. No está chequeado que su propósito haya sido garantizar expresamente una sepultura digna para todos, sin distinción de clase social, pero esa imagen de un lugar común para los muertos invita a pensar en una Iglesia que no debería establecer categorías de dignidad entre sus hijos.
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Más de dieciocho siglos después, el papa Francisco volvió una y otra vez sobre esa misma intuición: una Iglesia de puertas abiertas, que salga al encuentro. Su insistencia en la misericordia y en una Iglesia para “todos, todos, todos” recuperó una verdad tan sencilla como difícil de aceptar: nadie puede quedar descartado del amor de Dios. Sin embargo, cuánto nos cuesta llevar esa convicción a la práctica. Cuánto nos cuesta recibir sin prejuicios a quien piensa distinto, a quien se equivocó, a quien tiene una historia que nos incomoda.
Quizás por eso siguen resonando tanto las palabras de Jesús frente a quienes querían apedrear a una mujer: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Y quizás por eso también vale la pena recordar a San Calixto, un hombre que habría conocido en carne propia la exclusión y que quedó asociado a una de las primeras grandes discusiones sobre el perdón en la Iglesia. La misericordia no borra las responsabilidades ni convierte el mal en bien; nos recuerda que nadie es solamente sus errores y que la comunidad cristiana no puede proclamarse refugio para todos mientras mantiene la puerta cerrada para algunos.

