La escena es conocida. Los más viejos tal vez lo vieron personalmente y el resto seguramente en alguna película. Me refiero al charlatán de feria, ese personaje carismático que en el centro de la plaza del pueblo desplegaba sus productos y los ofrecía con vehemencia: tónico para hacer crecer el pelo, un ungüento milagroso que combatía todos los dolores o una pócima secreta para el amor.
El charlatán de feria en la era digital
Por Francisco Monzón (@flmonzon).
Tenía dos ventajas: la credulidad de su público y la certeza de que nunca volvería a pisar esas calles.
Como se habrá dado cuenta, estimado lector, el secreto del negocio no estaba en la calidad del producto, sino en convencer al público.
Los charlatanes nunca desaparecieron. Lo que cambió fue el escenario. Ya no necesitan recorrer pueblos: les alcanza con un teléfono, una conexión a Internet y una cuenta en alguna red social. La plaza pública se convirtió en un feed y aquella multitud que, junto al carromato, escuchaba atenta al vendedor ahora desliza el dedo por la pantalla, deteniéndose unos segundos frente a cada personaje que reclama su atención.
Las plataformas digitales no inventaron el engaño, pero multiplicaron sus posibilidades. Hoy cualquiera puede construir una imagen de autoridad, acumular seguidores y presentarse ante miles de personas como un experto.
LinkedIn, la red que nació para conectar profesionales y construir relaciones laborales, se convirtió en un terreno fértil para una nueva especie de charlatán: el experto que tiene una respuesta para todo, una enseñanza para cada circunstancia y una reflexión profunda nacida de una anécdota cotidiana. Sus publicaciones suelen tener la estructura de una receta infalible: una frase contundente, una lista de consejos y una moraleja destinada a demostrar que su autor entendió algo que el resto de los mortales todavía no comprende.
Usar IA para escribir esos contenidos no es, en sí mismo, cuestionable. Es una herramienta que puede ayudar a ordenar ideas o corregir un texto. La cuestión cambia cuando se la usa para fabricar una identidad intelectual, publicar contenidos que no se comprenden y presentar como experiencia propia lo que apenas se obtuvo mediante un pedido a un chatbot.
La IA le ofrece al charlatán algo que antes requería tiempo y cierta habilidad: producir un flujo constante de mensajes que suenen razonables, estén bien escritos y transmitan seguridad. El conocimiento del “autor” de carne y hueso puede ser superficial, pero la presentación es impecable.
Un estudio de Pangram Labs, publicado en julio de 2026, identificó como generadas íntegramente por IA al 41% de las publicaciones largas y al 30% de las cortas analizadas en LinkedIn. Los porcentajes corresponden a ese análisis y no permiten afirmar que todo el contenido de la plataforma sea artificial, pero sí plantean una pregunta incómoda sobre la autenticidad de aquello que consumimos.
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La sociedad todavía intenta lidiar con las noticias falsas que contaminan la conversación pública cuando aparece otro problema, al que podríamos llamar fake knowledge: la fabricación de una apariencia de conocimiento. Ya no se trata solamente de hacer pasar una mentira por una noticia verdadera, sino de presentar una colección de generalidades como si fuera el resultado de años de estudio y experiencia.
En el mundo de las finanzas digitales encontramos otra versión del mismo personaje. Los llamados finfluencers (supuestos especialistas en finanzas) prometen enseñar a cualquiera cómo alcanzar la libertad financiera, multiplicar sus ahorros o abandonar para siempre el empleo tradicional. El decorado suele incluir autos de lujo, viajes exóticos y relojes costosos.
El producto no siempre es una inversión. A veces es la promesa de aprender a invertir, un curso que enseña a vender cursos o una mentoría que prepara para ofrecer mentorías.
La lógica es circular: el principal negocio no consiste necesariamente en haber ganado dinero con aquello que se enseña, sino en convencer a otros de que uno sabe cómo ganarlo. El éxito se convierte en una escenografía que sirve para vender la fórmula del éxito.
El viejo vendedor de tónicos prometía curar todos los males con una sola botella. Su heredero digital promete resolver la vida con un método, un cambio de mentalidad o una suscripción.
Pero la construcción de una identidad que poco tiene que ver con la realidad no se limita a quienes buscan vender conocimientos o fórmulas para hacerse ricos. También aparece en un terreno bastante diferente: las aplicaciones de citas. Allí no se vende conocimiento ni una oportunidad de inversión, sino una versión idealizada de uno mismo. Fotografías retocadas, filtros y, cada vez más, herramientas de IA permiten construir perfiles que poco tienen que ver con la persona que aparecerá en la cita.
En todos estos casos se repite una operación: fabricar una imagen capaz de despertar el deseo ajeno, ya sea el de conocer a alguien atractivo, alcanzar una vida de abundancia o aprender de quien parece saber más que nosotros.
El match digital y la confianza intelectual comparten, al menos en su etapa inicial, una misma dificultad: decidimos con información limitada. Un perfil optimizado puede ocultar una identidad ficticia, del mismo modo que una publicación brillante puede esconder una ausencia de conocimientos. Que las personas seleccionen qué mostrar es algo que hacemos todos en mayor o menor medida, pero el límite se cruza cuando esa selección se convierte deliberadamente en una herramienta para engañar.
Los algoritmos premian aquello que captura la atención. La imagen impactante, la frase provocadora y la promesa extraordinaria suelen tener ventaja sobre la explicación compleja, la duda razonable o el reconocimiento de que no existe una respuesta sencilla. El charlatán siempre supo que debía llamar la atención de la multitud antes de ofrecer su mercancía; actualmente las plataformas le entregan esa atención con facilidad y, además, logran que confundamos popularidad con credibilidad.
Tal vez por eso hoy conviene recordar, más que nunca, cuáles son las reglas del juego: antes de comprar el remedio milagroso, hay que preguntarse quién lo vende, qué pruebas tiene de sus efectos y qué trucos usa para convencernos de que funciona. En la era digital, estas preguntas valen tanto para el dinero como para el conocimiento, el amor o la promesa de una vida mejor.
Porque el problema nunca fue que el charlatán tuviera un buen “verso”. El problema empieza cuando confundimos la habilidad que tiene para vender una solución con la capacidad real de cumplir lo que promete.

