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Del otro lado del parabrisas

Nicolás Varela es periodista y conductor de radio de profesión. De lunes a viernes conduce Buenos Vecinos, un magazine de información y entretenimiento local por FM 88,7 y El Diario Sur en Vivo. También forma parte de FeFIJEE al Extremo, los sábados a las 20.

La semana pasada escribí sobre esa frase que pensamos a solas, dentro del auto, cuando nadie nos mira a la cara: "a mí nadie me dice qué hacer". Lo hice con ironía, jugando con la canción de rebeldía adolescente de Airbag, mencionando rotondas, banquinas y terceros carriles que no existen, y cerré con la idea de que la libertad solo funciona si viene acompañada de responsabilidad. No imaginé que la realidad se iba a encargar tan rápido de recordarme de qué se trata todo esto, y de una manera que no tiene nada de irónico.

El miércoles a la noche, en la Ruta 58, a la altura del cruce con El Pampero, en el ingreso a San Vicente, murió Sergio Beneventano. Tenía 35 años, vivía en Fiorito, Lomas de Zamora, y era árbitro en competencias intercountry en Canning. Volvía en su moto de dirigir un partido en el barrio San Lucas cuando fue embestido por un Volkswagen Vento. El conductor, un joven de 18 años vecino de Fincas de San Vicente, quedó imputado en las primeras actuaciones. Las circunstancias todavía son materia de investigación.

Quiero ser claro con lo que esta columna no es: no es un intento de dictar sentencia. No sé cómo ocurrió y no me corresponde suponerlo; eso lo determinará la Justicia con las pruebas que logre reunir. Tampoco voy a señalar a un chico de 18 años que debe atravesar, de golpe, algo que ninguna familia desea. Lo que sí me parece legítimo es usar este hecho para mirar lo que nos rodea, que es de lo que venía hablando.

Y lo que nos rodea es esto. Cada vez que subimos a un auto quedamos dentro de una máquina de dos o tres toneladas, y del otro lado del parabrisas hay personas sin carrocería: motociclistas, ciclistas, peatones. Los chicos del Grilli Canning College lo entendieron antes que muchos adultos. No presentaron un proyecto de bicisendas por capricho, sino porque andar en bicicleta por la calle les resulta peligroso. El que va más expuesto es el que más necesita que los demás respetemos las reglas, y es el que menos puede hacer para que las cumplamos.

Hay una coincidencia que no quiero pasar por alto, y no la menciono para sacar conclusiones. Beneventano se ganaba la vida haciendo que otros respeten un reglamento. Cada fin de semana, en una cancha, su tarea era recordarle a veintidós personas que existen límites y que todos, aun los que se sienten más rápidos o con más razón, juegan con las mismas reglas. Es exactamente la tarea que nos debemos entre todos en la ruta, con árbitro o sin él.

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Hace una semana dije que en Canning y alrededores la obra pública acompañó el crecimiento y que lo pendiente era la cuestión cultural. Sigo pensándolo, con un agregado. La infraestructura también importa: una cámara que funcione puede ser la diferencia entre una familia que se queda sin respuestas y otra que las consigue, y un cruce bien señalizado puede evitar más de una tragedia. Sé que es fácil quedarse esperando que lo resuelvan el Estado o algún inversor privado, y que la autopista en la Ruta 52 de la que hablábamos sigue siendo, por ahora, una hipótesis. Pero ninguna cámara ni ninguna ordenanza reemplaza la decisión íntima que tomamos en soledad, adentro del auto, de cuánto espacio le damos al que viene al lado. Esa decisión la tomamos todos los días, sin que nadie nos vea, y es lo único que está hoy enteramente en nuestras manos.

No creo que haga falta sentir culpa ni gritar. Alcanza con algo más sencillo: en ese habitáculo donde nadie nos mira a la cara, acordarnos de que, de todos modos, hay alguien del otro lado. La libertad de manejar lo que queramos, por donde queramos, se sostiene sobre la confianza de que el que va en moto, a pie o en bicicleta cree que vamos a respetar la línea que está pintada. Esa línea no está para ofendernos ni para decirnos qué hacer. Está para que lleguemos todos.

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