Columnista | Opinión | Mónica Dreyer |

La IA avanza. ¿Y nosotros?

Por Mónica Dreyer.

No soy especialista en informática, pero siempre me apasionó la tecnología. Últimamente, la inteligencia artificial me permitió hacer cosas que jamás imaginé desarrollar por mi cuenta.

Sin saber programar, creé una plataforma para evaluar estilos de liderazgo y procesos organizacionales, evaluaciones 360° y un sistema de gestión para emprendedores con carga de datos por voz. Lo hice con dos IA: conversando, probando y corrigiendo.

Lo sorprendente fue descubrir que podía hacerlo.

Cuando converso sobre inteligencia artificial, encuentro reacciones diferentes. Algunos sienten curiosidad y entusiasmo. Otros, sin haberla utilizado demasiado, parecen conocer todas sus limitaciones. También hay quienes creen que hace falta saber escribir instrucciones técnicas, cuando muchas veces alcanza con explicar lo que necesitamos en palabras cotidianas.

Escucho a quienes intentan demostrar que se equivoca. Y es cierto: puede interpretar mal o inventar información. Pero ¿desde cuándo una herramienta necesita ser infalible para resultar valiosa?

Creo que necesitamos conocerla cada vez más y tener criterio propio para evaluar sus respuestas. La inteligencia artificial no reemplaza nuestro juicio; nos exige ejercitarlo.

Cada persona evalúa la inteligencia artificial desde los límites de su propio conocimiento y de su experiencia con ella. Quien solo la utilizó para hacer una pregunta conoce una pequeña parte de sus posibilidades.

Yo la uso para todo: trabajar, aprender, organizar viajes, resolver problemas tecnológicos y descubrir nuevas maneras de hacer las cosas. Y sigo sorprendiéndome.

Claro que debemos cuidar nuestros datos, verificar la información y pensar cómo usamos esta tecnología. No se trata de confiar ciegamente.

Pero me pregunto si, concentrados en demostrar lo que todavía no puede hacer, no estaremos perdiéndonos la oportunidad de descubrir todo lo que ya podemos hacer con ella.

Quizás la pregunta no sea cuánto sabe la inteligencia artificial, sino cuánto estamos dispuestos nosotros a aprender.

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