Los periodistas españoles “fliparon” esta semana ante un fenómeno comparable al de un eclipse, pero con noticias. En la misma semana en la que se conmemoraron 45 años del asalto al Congreso e intento de golpe de Estado de 1981, murió su principal ejecutor, el coronel Antonio Tejero, justo el día en que el gobierno desclasificó los documentos que permanecían secretos sobre aquella asonada militar. Para ponerlo en criollo, sería como si Videla hubiese muerto un 24 de marzo o como si Aldo Rico abandonara este mundo en un aniversario de los alzamientos de Semana Santa contra Raúl Alfonsín.
Correo desde Madrid: Anatomía de un eclipse
Eclipse de noticias en España: la misma semana del aniversario del intento de golpe de Estado, murió el coronel golpista. Y la sociedad debate sobre el rey Juan Carlos. Por Manuel Nieto
Este último ejemplo es más preciso. El 23-F español fue el último intento del antiguo régimen franquista, ya muerto Franco, por interrumpir el proceso democrático que la sociedad española ya había comenzado con los Pactos de la Moncloa y la sanción de la Constitución de 1978. Una conspiración de militares fascistas, malvados y torpes se propuso derribar al débil gobierno del converso en demócrata Adolfo Suárez y entró a los tiros al Congreso de los Diputados (en las paredes todavía se pueden ver los agujeros de los disparos de Tejero, que se conservaron en honor a la memoria histórica).
Pero a las pocas horas el golpe había fracasado. La resistencia democrática estuvo encabezada por Suárez, por su vicepresidente el capitán general Manuel Gutiérrez Mellado y por el líder del recientemente legalizado Partido Comunista, Santiago Carrillo. Estos tres hombres permanecieron en sus bancas cuando Tejero entró al Congreso al grito de “¡Quieto todo el mundo!”, mientras que el resto de los diputados se agachó. El otro sostén de la democracia fue el rey Juan Carlos I, una figura ahora muy denostada.
La historia del golpe fallido fue narrada magistralmente por el escritor catalán Javier Cercas en la novela “Anatomía de un instante”, recientemente adaptada como serie. Yo leí ese libro en mis primeros años de formación como periodista y me despertó una curiosidad por la historia de España que me terminó trayendo hasta Madrid para verla en primera persona.
Leé más: Correo desde Madrid: ¿Somos racistas los argentinos?
Y esta semana todo el mundo habló de “Anatomía de un instante”. Porque los archivos desclasificados por el gobierno confirmaron la narración de Cercas, en la que el rey se posiciona rápidamente en defensa de la Constitución. Y le restan credibilidad a otras versiones que marcaban que en realidad simpatizaba con los golpistas.
Así que con esta puesta en valor de la figura de Juan Carlos I, una parte del arco político empezó a pedir que el rey vuelva a España. Porque Juan Carlos no vive en el país en el que reinó durante 40 años: se autoexilió en Abu Dabi en 2020 luego de la serie de escándalos que lo llevaron a tener que abdicar el trono en 2014. Relaciones extramatrimoniales, una cuenta oculta con 65 millones de euros y un presunto fraude al fisco obligaron al rey a dejarle la corona a su hijo Felipe VI, con quien mantiene una relación tirante.
Ahora Juan Carlos, que publicó recientemente sus memorias, se muestra arrepentido de sus errores (o delitos) y manifiesta su deseo de volver a España y morir en su tierra. El arco político está dividido entre el bando del perdón y olvido para el rey emérito y el que dice que mejor se quede en los Emiratos Árabes.
El menos entusiasmado con la vuelta de Juan Carlos parece ser el propio Felipe, que desde que es rey encaró una serie de reformas para transparentar los gastos de la monarquía, renunció a la herencia personal de su padre y hasta le quitó la asignación presupuestaria que tenía. Todo para salvar a la corona de una crisis de legitimidad. Así que Juan Carlos se convirtió en un jarrón chino que nadie sabe dónde poner: para algunos es héroe, para otros es ladrón y para muchos las dos cosas a la vez.


