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En el mismo bote

Por Manuel Nieto (@NietoManuelOk).

Mientras cerramos el diario este viernes feriado, hay familias armando el arbolito de Navidad, otras buscando un “arbolito” para cambiar a dólares algún puchito de pesos cuyo valor quieren defender y otras muchas desbordando los supermercados y mayoristas, stockeándose de cara al duro invierno económico que comenzará en pleno verano. También hubo filas largas en las estaciones de servicio: este viernes en YPF ya aumentaron hasta un 30% los combustibles.

Son escenas deprimentes y angustiantes para el final del gobierno de Alberto Fernández, un presidente que se sumó a la larga lista de decepciones argentinas, de promesas incumplidas que lesionan la fortaleza de nuestra democracia. Alberto no quiso, no pudo o no supo. No se animó a construir volumen político para ordenar a su propio gobierno y no logró implementar un plan económico de estabilización. Ni siquiera se atrevió a aceptar las renuncias de los funcionarios cristinistas en 2021 y concedió mansamente que Sergio Massa le interviniera su Presidencia. En su mayor aporte a la campaña presidencial oficialista, se corrió del centro durante los últimos meses y no dijo ni mu sobre las medidas de desbarajuste fiscal que ejecutó el ministro de Economía y candidato. Ahí se van entonces Alberto, Cristina, Massa, Máximo. Nos quedan las góndolas vacías y los productos sin precio de este fin de semana.

Y el que llega es Javier Milei, el ingreso a lo desconocido. El “loco” que logró el milagro al que aspiran todos los políticos: la representación. A fuerza de gritos en programas de TV, instaló discusiones sobre temas que eran considerados tabú. Sus ataques de furia conectaron con la impotencia y el enojo de los que ven el deterioro constante del país hace años; identificaron el resentimiento con los políticos, jueces y sindicalistas sobre enriquecidos, con fortunas obscenas en un país que tiene casi 50% de pobres.

¿Qué tenemos por delante? En el corto plazo, nada agradable. Un ajuste ortodoxo y grueso. Este viernes se hablaba de una prohibición para emitir moneda al Banco Central, quita de subsidios a las tarifas energéticas y del transporte en el corto plazo, suba de impuestos a las importaciones, corte de la obra pública, congelamiento del gasto del Estado y, por lo tanto, de los salarios públicos, y liberación de precios de los combustibles y las prepagas. Si esto se concreta, con la liberación de precios, va a caer el poder adquisitivo de los salarios, por lo tanto va a disminuir el consumo y la actividad económica. Nada que el Presidente Milei no haya avisado: es la estanflación que se agudizará como resultado de la primera parte de su paquete de reformas. Habrá que ver en qué momento llega el alivio tras la tormenta, con aumentos de la inversión privada y del salario real.

Milei goza de momento de una legitimidad popular muy importante para llevar adelante su paquete de reformas. Es la que le dan el contundente triunfo electoral y otro factor no menor: haber dicho la verdad durante la campaña. Algunos sectores del Kirchnerismo y una figura excéntrica como el gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba ahora dicen que Milei ganó porque prometió “ajustar a la casta” sin tocar a “la gente”. No es cierto. Milei dio un mensaje claro respecto al ajuste, se paseó por todo el país con una motosierra, prometió cerrar ministerios y “la gente” lo acompañó masivamente. Nadie resultó engañado.

Este domingo quedará en la historia de la Argentina. Todas las experiencias de gobierno son inéditas a su modo, pero la del presidente que creó su partido apenas dos años atrás y llega al poder sin un solo gobernador ni intendente propio lo es mucho más. La gobernabilidad en un contexto de decisiones económicas impopulares parece ser su principal desafío en términos políticos. A la suerte del Presidente va atada la de millones. Todos, en el mismo bote.

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