Viene de la semana pasada. Donde definimos la captura de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, como el punto de referencia para el fin de una era y el comienzo de una nueva. Una nueva era que, como tal, deja decenas de personajes del mundo anterior bailando en un confuso limbo de ideologías que quedaron obsoletas.
Es el trabajo, amigo
Por Nico Varela (@nicoevarela)
Algunos ejemplos argentinos rápidos podrían ser el presidente Milei o el mediático Juan Grabois. El de derecha celebra la intervención estadounidense por la libertad y el fin del comunismo del siglo XXI, según sus propias definiciones, y esta semana queda pedaleando frente al halago de Trump a Delcy Rodríguez y el desprecio a María Corina Machado y el supuesto presidente electo en 2024, Edmundo González Urrutia. Al segundo esta semana no se lo pudo ver en los medios, a donde ahora le gusta ir a insultar para parecerse a Milei.
Grabois denunció una insoportable intromisión de una potencia en la América latina libre y bolivariana y ahora no tiene discurso: los mismos que gobernaban siguen gobernando, lo que los demuestra cómplices de la captura del otrora líder chavista. Uno de izquierda y uno de derecha, pero ambos internacionalistas, quedan varados sin saber dónde ubicarse en el mundo que viene que, como decíamos, tiene solo para los patriotas. "El que está a favor del libre mercado está a favor de China", dijo Trump, y los dejó afuera de la cancha a los dos, junto al gobernador de la Provincia de Buenos Aires que fue el abanderado de las supuestas "economías complementarias".
La tercera guerra mundial en cuotas no es más una cosa por venir, ni una teoría distópica. La tercera guerra mundial está siendo ahora, al menos desde febrero de 2022. Incluso, así lo dijo esta semana uno de los más cercanos asesores de Vladimir Putin en una entrevista con el norteamericano Tucker Carlson. Este señor de nombre complicadísimo protestó contra el gobierno del Kremlin por ser demasiado moderado con Europa. Porque la guerra no es entre Rusia y Ucrania. Es entre Rusia y Europa, ahora que Estados Unidos parece querer correrse. Antes era entre Rusia y la OTAN, pero como decíamos esta última simplemente ya no existe.
Terminamos de definir el desorden, así que ahora queda por tratar de entender el nuevo orden, aunque los viejos actores sigan llenando espacios de noticieros de capital por cable con consignas fútiles.
Rusia, China y Estados Unidos compiten, entonces, con reglas de juego distintas a las conocidas hasta ahora. Los intereses nacionales son suficientes para explicar cualquier decisión que se tome sobre política exterior, así que lo único a definir es cuáles son estos intereses. Sea en las democracias occidentales, en las filas del Partido Comunista Chino o en el palacio del Kremlin, los Estados-Nación que quieran sobrevivir necesitarán el apoyo de las personas que las componen si no quieren desintegrarse. Lo que pasó en Venezuela sirve como ejemplo.
Por eso la guerra es por el petróleo y el gas. Estados Unidos tiene la reserva de petróleo no convencional más grande del mundo, y aún así sabe que puede perder la supremacía mundial si China y Rusia se juntan, y necesita disponer del petróleo de toda América también. Porque la energía es la única que permite que las personas que integran los Estados hagan cosas. Con energía abundante y barata los países podrán desarrollar lo que sus personas quieran, o lo que sus instituciones necesiten. Satélites, centros de cómputos para la inteligencia artificial, refinerías, fábricas, software, microchips, o lo que sea. Todos necesitan energía para trabajar. Porque el eje que ordenará el nuevo mundo es el trabajo.
La revolución tecnológica, a la que nos hemos referido alguna vez en este espacio, también es protagonista del proceso que tratamos de explicar en estas dos editoriales. Por eso quedamos frente a dos posibles escenarios: la distopía de la Inteligencia Artificial desplazando al humano del dominio de la tierra, o la del dominio de los hombres. La única clase de hombre posible: la de los que trabajan.
Leé también: El mundo cambió, presidente

