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La IA llega a Hollywood

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se desarrolló en Estados Unidos una cultura marcadamente antisindical. No puede señalarse un evento único como origen de este fenómeno, resulta más pertinente pensarlo como un proceso histórico impulsado por la legislación laboral, la propaganda corporativa y distintas políticas gubernamentales sostenidas en el tiempo.

En ese contexto, la huelga del Sindicato de Guionistas de Estados Unidos en 2023 fue un acontecimiento de enorme impacto. Se extendió durante 148 días, desde mayo hasta septiembre, y paralizó buena parte de Hollywood. El reclamo incluyó mejoras salariales, pagos residuales más justos frente a la exhibición de series y películas en plataformas de streaming y, especialmente, la protección del oficio ante el avance de la inteligencia artificial.

El conflicto se resolvió con un acuerdo considerado histórico: aumentos salariales, la fijación de un mínimo de personal en las salas de guionistas y regulaciones explícitas sobre el uso de IA. Entre otros puntos, se estableció que las ideas originales deben provenir de humanos y que los guionistas pueden reescribir textos generados por inteligencia artificial.

A poco de iniciada la huelga, el Sindicato de Actores se sumó en solidaridad con los guionistas. Hoy, es justamente este gremio el que vuelve a encender las alarmas frente a un nuevo frente de conflicto tecnológico.

¿El motivo? Tilly Norwood, una actriz generada por inteligencia artificial que reavivó el temor a que el trabajo humano sea reemplazado por contenido sintético. Su creadora, la actriz y comediante holandesa Eline Vaner Welden, prefiere definirla como una obra de arte, una estrategia discursiva que busca mitigar las críticas.

El debut de Norwood se produjo en un sketch tituladoAI Commissioner, de la productora Particle6. Desde entonces, se convirtió en una influencer con fuerte presencia digital: acumula 96.000 seguidores en Instagram y ocupa el centro del debate en Hollywood. Más allá de su apariencia física, las críticas se concentran en lo que muchos consideran una competencia desleal: una “actriz” entrenada con las performances de miles de intérpretes reales. También se señala la ausencia de una historia de vida, condición clave para representar emociones y experiencias humanas de manera genuina.

Desde el sindicato aseguran que ni los responsables de casting ni las audiencias pueden interesarse realmente en contenidos generados por computadoras, desconectados de la experiencia humana. Sin embargo, voceros de Particle6 afirman que varios managers y representantes de actores ya se muestran interesados en las posibilidades que abre esta nueva vertiente de la IA.

Como ocurre en muchos sectores de la economía, la irrupción de la inteligencia artificial plantea una tensión difícil de resolver: cómo equilibrar criterios éticos vinculados al trabajo humano frente a las ventajas económicas y empresariales que ofrece la tecnología. En el caso de Tilly Norwood, las ventajas son evidentes: puede trabajar de manera ininterrumpida, no se enferma, no envejece, no sufre adicciones y no toma vacaciones.

La gran incógnita es si en el futuro podrá despertar la admiración, y los suspiros, que generan estrellas como Scarlett Johansson o Margot Robbie.

Más allá del ámbito del espectáculo, la inteligencia artificial continúa expandiendo su presencia. Meta, la empresa dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp, anunció recientemente un nuevo feed llamadoVibe, disponible en la app y en la web demeta.ai. Se trata de una herramienta que genera videos cortos con IA, en un formato claramente inspirado en TikTok. Los usuarios pueden crear o remezclar contenidos sintéticos y compartirlos en Instagram y Facebook. Uno de los aspectos más destacados es la posibilidad de generar videos de entre 5 y 10 segundos a partir de una imagen fija.

Mientras se navega por el feed, el algoritmo ajusta los contenidos según los gustos del usuario. El remix se vuelve central: si un video nos resulta atractivo, puede usarse como base para crear uno nuevo con un solo clic y compartirlo con amigos y seguidores.

Desde los inicios de la revolución digital, la reutilización creativa y transformadora de obras preexistentes dio lugar a una forma de “escritura popular”. Algunos autores hablan de democratización cultural, ya que cualquier persona con acceso a herramientas digitales puede reinterpretar y combinar contenidos, dando lugar a una cultura participativa que desafía las nociones tradicionales de autoría y propiedad intelectual. Los memes, los mashups y el fanfiction son ejemplos claros de este fenómeno.

Sin embargo, cuando esta lógica se industrializa y el remix deja de ser una práctica cultural para convertirse en un modelo de negocio que amenaza oficios y derechos laborales, el escenario cambia. Allí, más que ante una promesa creativa, estamos frente a un Frankenstein contemporáneo: una criatura hecha de retazos humanos que, una vez liberada, podría arrasar con todo a su paso.

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