Son más de cien los ancianos que actualmente viven en el Hogar Gallego de Domselaar. Ya pocos son de la comunidad española, pero los que quedan hacen ruido, como María y Enrique Buceta, un matrimonio de abuelos de más de 80 años, que musicaliza las tardes con canciones en el dialecto gallego. Él toca la armónica y ella canta. Otros se suman al coro, aunque la mayoría no sepa qué significa esa oda al mar llamada "Ondiñas vienen".
Con pocos españoles, el Hogar Gallego de Domselaar mantiene su esencia
Son más de cien abuelos pero quedan pocos gallegos desde que trabajan con PAMI. Las historias de los inmigrantes que buscaron una oportunidad en la Argentina.
El hogar está ubicado sobre la calle Mario Bravo, a unas seis cuadras del centro de Domselaar. Fue fundado en 1943 por una mutual que reúne a inmigrantes gallegos con el objetivo de atender a "los paisanos" que estaban solos. Hubo un antecedente: en 1942 falleció en Buenos Aires una anciana gallega ante el frío de las calles. "Entonces se pensó en los abuelos que quizás cobran una jubilación mínima y necesitan que los cuiden y no tienen hijos o a sus familias les es complicado", explica ante El Diario Sur el presidente de la asociación que administra el hogar, Bernardo Rey. Lasede social está en Buenos Aires.
Pero desde hace algunos años, el lugar cambió tras adherirse al sistema de PAMI, que se encarga de la cobertura de algunos de los residentes, sin importar su nacionalidad o la colectividad a la que pertenezcan. Así, los gallegos representan ahora una minoría pequeña. Pero también son los encargados de mantener la identidad del hogar.
"Todos tienen una historia difícil atrás", cuenta la coordinadora general del centro, Liliana Ortubia. "Llegaban a la Argentina y no tenían idea de a dónde venían. Tenían la esperanza de poder estar mejor. Algunos vinieron de la guerra, después de pasar hambre y experiencias muy feas. Otros eran simplemente jóvenes que querían probar suerte", asegura.
Esas historias que carga cada residente a veces aparecen atrás de una partida de nacimiento o de un trámite. "Ahí uno te cuenta que la madre lo tuvo de adolescente, lo abandonó y después se tuvo que venir por la vergüenza que era en el pueblo. Muchas cosas así se dan", ilustra Ortubia. "Y quizás hay familiares que te dicen que un residente fue muy complicado. A nosotros nos suele sorprender. Siempre encontramos la forma de sacarles una sonrisa", agrega.
El presidente Rey, que, de visita en el hogar, almuerza junto a los empleados la misma comida que los residentes, sostiene que "mantener bien a un abuelo tiene un costo per cápita de 18 mil pesos por mes, que es lo que paga PAMI más o menos". Y aclara que la organización no percibe ganancias; aunque sí tiene que afrontar la obligación de pagarles el salario a sus 60 trabajadores. "Recibimos ayudas del gobierno de Galicia y del de España, que son pocas pero sirven", añade.
Carlos Holden, de 72 años, define al hogar como "un hotel cuatro estrellas". Está en buenas condiciones físicas y no puede dejar de trabajar. Pinta todo lo que está a su alcance. Inclusive pintó a una de las tortugas que viven en el extenso parque. Él era herrero en el Chaco y dice ser sobrino del renombrado artista paraguayo Robert Holden, un pintor realista dedicado a temáticas indígenas. "Con los españoles me llevo muy bien, son gente muy buena", aclara el hombre.
Nélida, una hija de gallegos de 61 años que quedó huérfana y necesita atención profesional, sorprende con la decoración de su cuarto: es fanática de los Rolling Stones y conserva varias cartas que le envió la mítica actriz francesa Brigitte Bardot. Fotos de Mirtha Legrand, de sus padres y una amplia biblioteca con textos en inglés, francés y alemán completan el cuadro.
A María, desde su silla de ruedas, le cuesta hilar una frase coherente. Se le entiende que es de Santiago de Compostela y que conservó la esperanza de reecontrarse con Galicia hasta que murió su esposo. "Vinimos para la Argentina como hacían todos los jóvenes en esa época", recuerda con dificultad.
El matrimonio de los Buceta no añora tanto Pontevedra, la aldea de Galicia en la que vivían de lo que cosechaban en el campo. "Allá no había trabajo. Acá siempre trabajamos, no nos faltó nada y cada mes podíamos ahorrar unos pesitos. Tuvimos a nuestra hija y pudimos progresar", resalta Maruja entre lágrimas. Hasta principios de año vivieron en Bernal, pero ya era peligroso que estuvieran solos. "Acá estamos bien, no como en nuestra casa, pero qué va, cuando somos grandes ya no queda otra", se resigna.

