Editorial

Sobre revoluciones y revolucionarios

Jorge Mario Bergoglio será sin dudas el argentino más influyente de la historia universal. Esta semana concluye una histórica gira en Cuba y EEUU donde reafirmó su rol en pos del acuerdo entre ambos países.
domingo, 27 de septiembre de 2015 · 09:24

Todo indica que más temprano que tarde se levantará el bloqueo a la isla y allí tendrá el Papa Francisco uno de sus mayores logros político/religiosos.  

El Papa genera furor por donde pasa. Con sus asumidas posiciones contraculturales, impulsa cambios y pone en debate temas que hacen temblar el conservadurismo clerical, pero también el reservado espacio de los políticos: en el Capitolio le pidió al Congreso estadounidense abolir la pena de muerte, por ejemplo. En un histórico mensaje reclamó sobre la pobreza, el fundamentalismo, el cambio climático y el comercio de armas; todo antes de reconocerse como hijo de inmigrantes (tema sensible en estos momentos). Los más puristas se detuvieron en que fue interrumpido 37 veces para recibir cerrados aplausos de los congresistas, mientras que los medios internacionales lo presentan como el hombre que revolucionó la religión católica.

Sin embargo, creo, que el verdadero revolucionario fue su antecesor: Benedicto XVI cuando en febrero de 2013 anunció su renuncia. Hoy parece un momento de la historia destinado a ser olvidado pronto. Es bueno señalar que ésta fiebre y furor francisquista fue propiciado por la decisión de un hombre que, desbordado por la filtración de los Vatileaks y la implicación de religiosos en numerosos casos de pedofilia, dijo: basta para mi. Supo que no estaba en condiciones de dar la batalla desde adentro y dio un paso al costado, abriendo el camino a las reformas de su sucesor, fuera quien fuere. El alemán Joseph Ratzinger fue entonces el verdadero revolucionario. ¿Cuántos pueden recordar a dirigentes, sea de la institución y/o posición que sea, que asuman públicamente sus límites para enfrentar las decisiones que se imponen? Estamos más acostumbrados a todo lo contrario. Aquella honradez religiosa, física (tenía entonces 85 años) o intelectual de Benedicto hizo posible a éste Francisco.

Algunos hablan de su discurso como el de un especialista en marketing. Otros enumeran una larga lista de actitudes que hablan de una conducta genuina: la del hombre sencillo y simple que es y parece. No se queda en el discurso y hace de sus dichos ejemplo. Un ejemplo de liderazgo que se impone sin imponerse, que logra respeto sin proponérselo. Tal vez ahí radique el no secreto de su mayor éxito.

Volviendo a la vida "terrenal", a nuestro pago chico, esta semana se dieron una serie de sucesos que hicieron eje nuevamente en el policlínico Santamarina. Distintas familias que perdieron a seres queridos en el nosocomio de Monte Grande, aduciendo mala praxis médica, realizaron pintadas intimidatorias en las paredes internas y externas del lugar. Llaman "asesinos" a los médicos y los acusan de la figura legal de "abandono de persona". En esta misma página fije mi posición acerca de los históricos conflictos que se dan en el Santamarina, confiando que sólo se saldarían cuando los médicos asumieran su juramento hipocrático. Mi posición enojó a algunos profesionales que se dieron por aludidos, ya que nunca mencioné a alguno en particular. Creo que en el fondo se debate por la figura de lo público y lo privado. Médicos o maestros que extreman y conflictúan posiciones en su servicio en entidades estatales, callan y aceptan las condiciones del sector privado: silencian sus quejan o las minimizan para "no poner en riesgo su trabajo". ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué la diferencia? A simple vista salta la misión concreta de los servidores privados: ofrecen salud o educación y cobran por ello. Y para garantizar su servicio buscan profesionalización y excelencia; y fijan reglas laborales claras y una "cadena de mando" de origen empresarial. Deben hacer de su empresa un proyecto económicamente sustentable. Y es una opción súper válida. En el otro extremo está la oferta pública estatal. Ese lugar donde no se paga y la línea de mando está más difusa, en una relación que entrecruza el poder y los intereses económicos, los corporativos y los políticos. Allí nacen los ruidos de quienes levantan la voz que callan en el sector privado, y que no reconocen a los ciudadanos como parte de la cadena de mando.

Insisto. Cuando maestros y médicos vuelvan a las fuentes, recuerden sus porqués vocacionales, y les de lo mismo trabajar en el hospital o la escuela pública que en los sanatorios y colegios privados, habremos dado el primer paso. Alguien tiene que empezar. Podríamos lanzar la convocatoria: Nuevos Revolucionarios, se buscan.

Comentarios