Octubre reúne dos acontecimientos significativos en la historia argentina. El 17 de octubre de 1945, una multitud de trabajadores, provenientes principalmente del conurbano bonaerense, ocupó la Plaza de Mayo para exigir la liberación de Juan Domingo Perón. Exactamente seis años después, esa misma plaza fue el escenario elegido para la primera transmisión oficial de televisión en nuestro país.
La pantalla mágica
Por Francisco Monzón (@flmonzon).
La emisión inaugural de LR3 Radio Belgrano Televisión difundió los discursos de Perón y Eva Perón ante una multitud. Como una de esas ironías de nuestra historia, el encargado de poner en marcha el nuevo medio fue Jaime Yankelevich, un empresario radial a quien el gobierno de Perón había presionado, pocos años antes, para que le vendiera sus emisoras.
Con el apoyo político del gobierno de Perón y el entusiasmo de Eva Perón por el proyecto, Yankelevich importó de Estados Unidos transmisores, cámaras y una antena de 50 metros que se instaló sobre el Ministerio de Obras Públicas, esa mole de cemento que todavía se recorta sobre la avenida 9 de Julio.
Había muy pocos televisores en los hogares argentinos. Por eso, muchos espectadores conocieron las primeras imágenes agolpados frente a las vidrieras de los locales de electrodomésticos.
Durante los años cincuenta, la programación fue una aventura artesanal. Locutores, actores y artistas provenientes de la radio aprendían a trabajar frente a las cámaras. Un mes después, el 18 de noviembre de 1951, llegó el fútbol, con un partido entre San Lorenzo y River.
En los sesenta aparecieron los canales privados y el televisor comenzó a conquistar los hogares. Ya no era necesario reunirse frente a una vidriera. La pantalla se instaló en el living y empezó a organizar buena parte de la vida familiar.
Esto permite pensar la televisión desde dos perspectivas. Una tiene que ver con los contenidos: noticieros, películas, novelas, deportes y programas de entretenimiento. La otra, con el aparato mismo, ese mueble que durante décadas ocupó un lugar privilegiado en las casas y alrededor del cual se organizaron horarios, conversaciones y distintas rutinas familiares.
Los años setenta estuvieron atravesados por la violencia política, la estatización de los principales canales privados y, durante la dictadura, la censura. El Mundial de 1978 impulsó la infraestructura para transmitir imágenes en color hacia el exterior, aunque las transmisiones locales bajo este sistema comenzaron en 1980.
Con el regreso democrático llegaron nuevos contenidos y una mayor apertura. En los noventa, el cable multiplicó las señales disponibles y la privatización de canales impulsó la concentración empresarial, con el Grupo Clarín como emblema de ese proceso. Más tarde, las productoras argentinas consiguieron exportar ficciones y formatos televisivos a buena parte del mundo.
Pero la pantalla que nació aquel 17 de octubre atraviesa hoy una transformación que afecta tanto a sus contenidos como al aparato que los reproduce.
Empecemos por el televisor.
Durante años fue una caja pesada, con una pantalla pequeña y una antena que había que acomodar para conseguir una imagen aceptable. Después llegaron el control remoto, el color, las pantallas planas y la alta definición.
Hoy los televisores son cada vez más delgados, pueden integrarse a la decoración y convertirse en cuadros que exhiben obras de arte cuando no estamos mirando un programa.
La inteligencia artificial también comienza a modificar su funcionamiento. Los nuevos equipos incorporan procesamiento de imagen, comandos de voz y asistentes de IA capaces de buscar información o responder preguntas relacionadas con lo que estamos viendo.
Funciones que hasta hace poco nos obligaban a recurrir al teléfono o a una computadora comienzan a incorporarse al televisor. Esta nueva lógica elimina la funcionalidad actual de la segunda pantalla.
Mientras tanto, la televisión como industria atraviesa una crisis profunda. La aparición de las plataformas de streaming, YouTube y las redes sociales terminó con el predominio de los canales tradicionales sobre el consumo audiovisual. Especialmente entre los jóvenes, la programación organizada por horarios perdió terreno frente a la posibilidad de elegir qué mirar, cuándo y desde qué dispositivo.
El cambio también llegó a la publicidad. Buena parte de la inversión de los anunciantes migró hacia las plataformas digitales, capaces de segmentar sus mensajes y medir con mayor precisión los resultados.
Con menos audiencia e ingresos, producir televisión se volvió cada vez más difícil. Las ficciones diarias, que durante décadas fueron uno de los grandes atractivos de la pantalla argentina, cedieron espacio a formatos más económicos, como los programas de panelistas y los realities.
Incluso los canales de streaming comenzaron a competir por el público de los programas en vivo, incorporando cámaras, conductores y escenografías que recuerdan bastante a la televisión tradicional.
Y acá aparece una paradoja interesante. Mientras la televisión abierta pierde espectadores, buena parte de los medios parece querer convertirse en televisión. La radio incorpora cámaras, los diarios producen videos, los podcasts se filman y los creadores de contenidos montan estudios para transmitir en directo: todos buscan tener una pantalla propia.
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A los 75 años de su nacimiento, la televisión argentina enfrenta dificultades económicas y cambios profundos en sus formas de producción y consumo. La señal estatal, que acaba de recuperar su nombre histórico de Canal 7, tampoco escapa a las restricciones presupuestarias y a la discusión sobre el papel de los medios públicos.
Sin embargo, la televisión conserva algo que las plataformas todavía intentan reproducir, y casi nunca lo logran: su capacidad para reunir audiencia masiva alrededor de un mismo acontecimiento.
Un partido decisivo, una noticia extraordinaria o un acontecimiento político pueden volver a convocar a millones de personas frente a una transmisión en vivo.
Quizás ya no compartamos el mismo aparato ni estemos sentados a la misma hora en el living familiar. Pero seguimos buscando imágenes que nos permitan sentir que estamos participando de algo junto con los demás, como ocurrió en los últimos mundiales de fútbol.
Desde aquella multitud reunida frente a las vidrieras en 1951 hasta los televisores inteligentes que hoy decoran nuestras casas, cambiaron los aparatos, los contenidos y las maneras de mirar.
Y mientras algunos anuncian la muerte de la televisión, los demás medios siguen incorporando sus recursos y lenguajes.
Tal vez esa sea la verdadera magia de esta pantalla: después de 75 años, todos hablan de su desaparición, pero nadie parece dispuesto a dejar de hacer televisión.

