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Historias de Santos: sólo bailar

Reflexiones sobre la vida de San Pascual Bailón. Por Clara Milano.

Hay una historia de San Pascual Bailón que me gusta especialmente. Se cuenta que, una vez terminadas sus tareas en el convento, un fraile lo descubrió bailando frente a una imagen de la Virgen. Pascual no estaba haciendo una demostración, no buscaba entretener a nadie ni esperaba que alguien lo viera. Simplemente bailaba para ella. Según la tradición, le dijo: «Señora, no puedo ofrecerte grandes cualidades, porque no las tengo, pero te ofrezco mi danza campesina en tu honor». En esa escena, tan pequeña como extraordinaria, hay una manera entera de entender el amor.

Pascual había nacido en 1540, en una familia humilde de Aragón, España. Durante buena parte de su juventud fue pastor de ovejas y, más tarde, ingresó en la orden franciscana, donde realizó tareas sencillas: fue cocinero, portero, mandadero y barrendero. Su vida estuvo lejos de las grandes hazañas que solemos asociar con los hombres extraordinarios. No tenía títulos que exhibir ni grandes talentos de los que presumir. Su camino fue el de la humildad, el trabajo cotidiano y la devoción.

Lo que más me conmueve de aquella danza es que Pascual no intentaba ofrecerle a la Virgen algo que no era. No compuso una obra maestra, no pronunció un discurso memorable, no esperó a convertirse en alguien excepcional. Le ofreció lo que tenía: su cuerpo, su alegría, sus pasos de campesino. Hay una libertad enorme en eso: la de dejar de creer que para ser dignos de amor primero tenemos que volvernos extraordinarios. A veces, mientras esperamos tener más, dejamos de ofrecer lo que ya somos.

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Vivimos demasiado pendientes de la utilidad de las cosas. Queremos que el tiempo rinda, que el trabajo dé frutos, que cada esfuerzo se traduzca en un resultado. Incluso los vínculos pueden quedar atrapados en esa lógica: esperamos que nos hagan mejores, que nos acompañen, que nos devuelvan lo que damos. Pero la danza de Pascual parece recordarnos que no todo tiene que servir para algo. Bailar para la Virgen no le daba al santo ninguna ventaja, no le garantizaba una recompensa ni resolvía un problema. Era, sencillamente, una forma de expresar su amor. Y el sentido amor, cuando es verdadero, es, justamente, el amor. No se trata de un medio para alcanzar otra cosa.

Quizá nos haga falta recuperar esa dimensión gratuita de amar. Amar sin convertir al otro en un proyecto, sin exigirle que cambie, sin hacer una lista de todo lo que esperamos recibir a cambio. Amamos porque hay algo en el otro que nos importa, porque su existencia nos conmueve, porque estar cerca y cuidar pueden ser valiosos por sí mismos. Como la danza de Pascual, que no necesitaba un escenario ni un público. Como una canción que cantamos a solas, una comida que preparamos con cariño o una mano que sostenemos sin saber si podremos resolver el dolor de quien la necesita.

Me gusta imaginar a San Pascual Bailón bailando frente a la Virgen sin preocuparse por cómo se veía, sin preguntarse si sus pasos eran buenos, sin calcular si aquello alcanzaba para expresar todo lo que sentía. Tal vez ahí haya una lección para nosotros: a veces alcanza con entregar lo que somos. El amor, a veces, simplemente te hace bailar.

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