Editorial

Si se juega como se vive, ¿Se vive como se juega?

Si un chico nace y crece en un ambiente violento no habrá rugby ni terceros tiempos que alcancen. Por eso echarle la culpa al rugby es mirar para otro lado. A Fernando no lo mató el rugby, lo mataron unos pibes que no tienen valores, que desprecian la vida.
domingo, 26 de enero de 2020 · 08:00

A propósito del asesinato de Villa Gesell escuchamos y vimos situaciones y declaraciones con distintas posiciones.

Mientras algunos quieren circunscribir los hechos a una pelea entre jóvenes que se desmadró, otros hablan de premeditación y alevosía. El denominador común es que los asesinos juegan al rugby y queda la impresión que se trata de vincular la violencia al deporte linealmente.

Tanto es así que el mundo del rugby se hace cargo, y aparecen declaraciones de jugadores y ex jugadores y comunicados de prensa de clubes, asociaciones y federaciones “repudiando”. Y clubes que se encargan rápidamente de aclarar que los jóvenes asesinos han sido expulsados como socios. Todos queremos pertenecer al club de los no asesinos, los no golpeadores, los no estafadores, los no evasores, los no ladrones...

Mi primera impresión del rugby no es objetiva. Nunca me resultó atractivo para intentar jugarlo y rara vez lo elijo para ver. Se que atrás de tanto encontronazo físico hay mucho entrenamiento deportivo y también una pretendida mística que hechos como el de Gesell hieren de muerte.

La historia dice que el rugby nació a partir de una trampa en 1823 en Inglaterra. William Webb Ellis hizo trampa mientras jugaban al fútbol en su escuela y agarró la pelota con las manos, antes de correr hasta el otro arco, pasar la línea y festejar un supuesto “goal” que los años transformaron en “try”. La evolución de la práctica en el mundo fue dispar. Mientras que en algunos países se trata de un deporte súper profesional (que iguala y aún puede superar en popularidad al futbol), en la Argentina mantenemos sin resolver el debate: profesionalismo versus amateurismo. Históricamente vinculado a familias de socioeconómicamente favorecidas, el rugby creció en clubes que no siempre se interesaron por hacerlo popular y se fue generando (de hecho) en un deporte de clase. Sólo así se empieza a explicar la cuestión “corporativa” de los que lo juegan. Esta semana surgieron innumerables relatos y conmovedoras experiencias de ex rugbiers acerca del “poder del encuentro” que permite su práctica, la “hermandad por los colores que no tiene el fin comercial del fútbol”, “la rigurosidad del entrenamiento para jugar en la élite”, etc., etc. En pos de “defender” al rugby hubiera sido más fácil que “el mundo del rugby” no se hiciera cargo de un grupo de jóvenes que asesinaron cobardemente a otro; simulando un malón; con cobardía, malicia y desprecio por la vida. ¿Qué tiene que ver un deporte con ésto? Nada. ¿Es que el rugby prepara niños y jóvenes para jugar y también para asesinar? ¿Para ejercer la violencia 15 vs 1 si hiciera falta? ¿El rugby es sinónimo de apología de la violencia? Creo que no. El mundo no confirma nada de esto y además se me ocurren otras prácticas deportivas que igualan y superan la violencia del rugby y tienen aceptación global, sponsors, calendarios y certámenes Internacionales y transmisiones pagas (pay per view); como el kick boxing, las artes marciales mixtas, el futbol americano, el hockey sobre hielo y el mismísimo box de la antigua Grecia.

Los valores del tercer tiempo y la mística de los colores podrían ser un buen complemento de la educación familiar y social. Los niños y jóvenes se forman a medida de crecen y “absorben” (para sí, para hacerlas suyas) conductas de otros por acción u oposición, como consecuencia de intencionalidades (escuela, otros espacios de aprendizaje y recreación, deporte, etc.) o por el ambiente socio cultural en el que viven.

Si un chico nace y crece en un ambiente violento no habrá rugby ni terceros tiempos que alcancen. Por eso echarle la culpa al rugby es mirar para otro lado.

A Fernando no lo mató el rugby, lo mataron unos pibes que no tienen valores, que desprecian la vida, que forman parte de una jungla donde vale todo y se potencian durante sus vacaciones en la “tierra de nadie”; donde ser un adulto que “controla”, que diferencia entre lo que está bien y lo que está mal y que dice “no”, está prohibido.

Buena semana.

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