Habitualmente comparto en ésta página algunas anécdotas de Sarmiento. Algunos de ustedes me escriben señalándome algunas coincidencias y otros, profundas disidencias.
Todos los que tuvimos una formación religiosa aprendimos a mirar al "padre del aula" con algo de desconfianza. Nos hacía ruido aquello de "civilización o barbarie" que había querido instaurar como condición para el crecimiento del país, y también (obviamente) su prédica por una educación obligatoria, gratuita y laica. Para todas y todos, diríamos hoy.
Amigos del revisionismo y de "dar vuelta" los archivos nos encontramos hoy cuestionándonos a nosotros mismos, en lapsos cada vez más cercanos. Exponiendo contradicciones propias y extrañas.
Creo que para sopesar las medidas históricas hay que tener (justamente) una mirada histórica. Que nos permita hacer una evaluación de época. Ponerse en el tiempo y lugar de las acciones, decisiones y opiniones de los protagonistas, los absolvería de muchas críticas.
Sarmiento nació en la pobreza sanjuanina y murió en la pobreza paraguaya. Fue maestro, periodista, militar y Presidente de la Nación, antes de retirarse como un simple inspector de escuelas en el Delta (actual Tigre). En el medio de su agitada vida viajó por África, Europa y América (que en realidad fueron los Estados Unidos). Eso cambió su vida, su mirada de lo público, y el análisis de la evolución de las sociedades. Mirar al mundo para aprender del camino de los que están adelante e intentar perfeccionar sus soluciones. Eso persiguió.
No voy a enumerar (nuevamente) los logros sarmientinos. Sí compartir una situación que hice mía a la hora de analizar la política nacional. En febrero de 1870 el entonces presidente de la Nación (Domingo Faustino) visitó a Urquiza en Entre Ríos. Justo José lo recibió con 10.000 uniformados formados al margen del Paraná antes de trasladarse a una recepción en su residencia: el Palacio San José. Cuando la comitiva del presidente Sarmiento llegó a la entrada, éste bajo del carruaje y soltó: "¿Y a ésto llaman Palacio?" Sarmiento ya había estado en Versalles... .
Toda este relato para darle lugar al análisis que sigue.
Que 2020 será recordado como el año de la pandemia nadie duda. Que la muerte de más de un millón y medio de personas y las consecuencias sociales, psicológicas y económicas de los confinamientos y miedos nos alterarán para siempre, tampoco.
En este tiempo donde la grieta nacional vuelve a traccionar posiciones (desde el debate por el presupuesto, la despenalización del aborto o la reforma judicial), el manejo de la pandemia no queda afuera. "El gobierno nacional dijo que priorizaba la vida sobre la economía, pero hoy tenemos récord de muertos: murieron miles de personas y miles de empresas", sostienen desde la oposición. Desde el gobierno responden: "...nuestra decisión permitió que no se diera la horrible situación de tener que elegir a qué argentino se lo atendía en terapia intensiva y a quién no. Hubieron camas y respiradores para todos". "Fundieron al país, remataron miles de Pymes y devaluaron como nunca antes". "Creamos ayudas económicas de emergencia para atender a todos los sectores, desde el IFE hasta asumir el 50% de los sueldos de todos los trabajadores, volvimos a entregar gratuitamente los medicamentos a los jubilados, y mantuvimos a la Argentina de pie en el peor año del mundo entre los últimos 100".
Aquí aparece aquel legado de Sarmiento: mirar al mundo. Mientras los panelistas de los programas de la tarde en la Argentina opinan (como si supieran) sobre la efectividad de cada una de las vacunas, ésta semana empezaron los operativos masivos de vacunación en el Reino Unido. Mientras algunos políticos y periodistas pregonan públicamente por este lado del hemisferio: "no se vacunen hasta que se cumplan los 3 años de pruebas en humanos porque nos quieren usar de conejitos de India"; los ex presidentes Bush, Clinton y Obama anunciaron que se vacunarán en público la semana próxima para generar conciencia entre el pueblo norteamericano.
En relación a la economía, los números del mundo no mienten. El confinamiento acarreó cierres masivos de empresas; la suspensión de la actividad educativa impactó en la organización familiar y social; y hubo actividades enteras (como el turismo) que quedaron al borde del knock out. 2020 cierra con una evaluación global contundente y demoledora: recesión del 6%, crisis financiera del -8%, caída del 12% en la actividad laboral formal, mientras que la productividad general (formal e informal) registra una merma del 8% con relación a 2019. La relación porcentual del PBI sobre la deuda pública terminará el año en un 54% (40% en 2017); y de la deuda privada en 40% (25% en 2017).
Estos son los "números" del mundo en el año de la pandemia (y no quiero volver a decir "lo que se mide no se discute"). Tal vez podemos intentar ponernos de acuerdo (como lo hacen muchos otros países) en cómo salimos en lugar de seguir dividiendo nuestros escasos recursos y multiplicando nuestras constantes (y siempre renovadas) miserias.
Buena semana.






