Editorial

La grieta después de la grieta

Este editorial también podría llamarse “El amor después del amor”, si es que pensáramos que alguna vez hubo amor entre las partes miembro de la nueva coalición gobernante.
domingo, 16 de febrero de 2020 · 00:00

Hace justamente un año empezaba a definirse lo que un sábado de mayo 2019 corporizó en un video de Cristina Fernández difundido en las redes: "No se trata de volver al pasado ni de repetir lo que hicimos del 2003 al 2015 -y de lo que más allá de aciertos, críticas o errores nos sentimos muy orgullosos-, pero el mundo es distinto y nosotros también”. Así CFK oficializaba que iría como candidata a la vice presidencia en fórmula con Alberto Fernández que para entonces empezaba a creer que su anhelo podría hacerse realidad.  

Aquella jugada política de Cristina desarticuló al gobierno macrista que sentía que contra ella (y sólo agitando los fantasmas de corrupción) ganaría la reelección. Repentinamente el escenario cambio y obligó a Macri a ir en busca de una pata peronista, que convirtió a Miguel Pichetto como su candidato a vicepresidente.  

Ese escenario detonó un sinfín de situaciones encontradas. ¿Pichetto con Macri? ¿El mismo Pichetto que evitó en dos votaciones del Senado el desafuero que terminaba con la detención de Cristina? Ese mismo. Del otro lado de la grieta también había sorpresas. De repente empezaron a viralizarse los videos del candidato Fernández denostando la gestión presidencial de la candidata Fernández. Como si ya nada pudiera sorprendernos a la “formula homónima” se fueron sumando nuevos socios que aparecían como viejos enemigos. El emblemático fue Sergio Massa, pero también se incorporaron a la lista otros críticos como Pino Solanas, Florencio Randazzo o Victoria Donda. Fernández (A) sabía que debía mostrarse moderado y conciliador para ampliar un frente competitivo; mientras que Fernández (C) asumía que había ¨hecho lo que tenía que hacer” para volver a ganar. Esto último suponía también sacarse algunas fotos incómodas, que sucedían mientras los protagonistas se repetían “en la política no hay amigos, hay ejercicio del poder”.  

Todo el combo descripto solo necesitó de la impericia económica macrista para hacer el resto. Si bien ejerció un manotazo de ahogado (entre la PASO y la general de octubre), volcando en distintas formas (y formatos) 22.000 millones de pesos “entre la gente”; a Macri no le alcanzó para no perder en primera vuelta.  Así las cosas empezó una “no transición” entre ambas fuerzas producto del entonces macrismo oficialista en retirada y de la falta de una construcción sólida de la coalición elegida.   

Esta característica de coalición ralentizaba los objetivos del Presidente electo. A pesar que el Frente para la Victoria (del kirchnerismo) se reconocía como un “frente”, nunca antes había pasado que el peronismo confluyera en gobierno con dirigentes “enfrentados” hasta un rato antes (eso supuso el Frente de Todos).  

Los analistas analizaban: ¿cuánto durarán sin chispazos Cristina, Massa, Moyano y Randazzo? La definición del gabinete nacional dio pistas que el que decidía era Fernández (el presidente) pero también daba cuenta que Fernández (la vice) había objetado (y en consecuencia bajado) algunos nombres. Un ejemplo de esta situación se vive con la imposibilidad de cubrir muchos cargos políticos a sesenta días de haber asumido. La discusión interna entre los socios impide el nombramiento de segundas líneas en la mayoría de los ministerios y la falta de cobertura de directorios (y hasta presidencias) en varias empresas estatales y organismos descentralizados que siguen a cargo de gestores macristas. Increíble pero real. Cuando surge un nombre, uno de los sectores se encarga de minarlo de distintas formas: a veces no califican por falta de curriculum político (léase militancia), otras por haber sido alcanzados por alguna esquirla de hechos de corrupción, y otras por alguna declaración mediática en la que “el candidato” ponderó alguna medida macrista. Créase o no. 

Por su parte el gobernador provincial Axel Kicillof se encerró en el Renault Clio gris con el que recorrió 158.000 kilómetros bonaerenses y designó un gabinete de puros (y duros), que dejó afuera algunos acuerdos históricos no firmados, como cederle espacios a los intendentes que le  traccionaron más votos o a dirigentes de los gremios más combativos. Quiso instaurar un estilo que chocó contra “la corporación política” cuando terminaba diciembre con el envío del presupuesto. Lo que creyó un trámite parlamentario se convirtió en un debate y una lección que el arco político (que incluyó fuego amigo, pero silencioso) le ofreció al flamante gobernador.  

Dicen que en marzo (“cuando empieza el año político”) se ven los pingos. Quedan pocos días para intentar cerrar una nueva grieta. La grieta dentro de la grieta.  

Buena semana. 

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