Columnista |

Nada volverá a ser igual

El mundo se convirtió, en los hechos y como nunca antes, en una aldea global. Allí donde no importan los más ricos, ni los más fuertes, ni los súper militarizados, ni los científicos. Un virus vino a mostrarnos a todos iguales. Vulnerables e iguales.

De repente un virus pandémico cambió el mundo para siempre. Y demostró ser más poderoso que quienes se decían poderosos.

Ríos de tinta se escribieron sobre el coronavirus. Cientas de miles de horas teorizando sobre su alcance; haciendo un día a día de contagios y muertes.

El mundo se convirtió, en los hechos (y posiblemente como nunca antes), en una aldea global. Allí donde no importan los más ricos, ni los más fuertes, ni los súper militarizados, ni los científicos. Un virus vino a mostrarnos a todos iguales. Vulnerables e iguales.

Algunos lideres mundiales que minimizaban su impacto retroceden ahora en chancletas, cuando asumieron que los muertos de ésta pandemia se cuentan de a uno. ¿Por qué preocuparse por las consecuencias de ésta gripe y no por la de todos los años? ¿Por qué no asumimos que (como todos los años) la gripe y la neumonía terminará con la vida de cientos de adultos mayores y ya? ¿Por qué no comparamos al coronavirus con los accidentes de tránsito por los que mueren 20 personas por día en la Argentina? ¿O con las casi 100.000 muertes al año que se dan en nuestro país como consecuencia del cáncer? Nada de eso. El virus chino que arrasó Italia y España, y que contagió al mismísimo Príncipe Carlos de Inglaterra llegó para quedarse (al menos) hasta que termine el invierno.

La estrategia oficial del gobierno argentino no es otra que minimizar el impacto que pueda suponer la masividad. El virus es imparable, sólo se trata que no impacte en mucha gente al mismo tiempo (como en España e Italia) que deja al desnudo la capacidad de camas hospitalarias, de unidades de terapia intensiva y de respiradores mecánicos. El objetivo es amesetar los contagios de modo que el sistema de salud pública aguante.

En lo social (y familiar) el coronavirus nos metió adentro de nuestras casas y desplazó los cierres de las bolsas del mundo, el riesgo país y la inflación, el valor del petróleo, los goles de Messi, la deuda externa, y otras menudencias de cabotaje. De repente nos encontramos juntos y amontonados, porque no hay espacio que nos contenga tantos días como los que pasaron (y los que vendrán) sin que afloren encuentros y desencuentros. En todos los casos es una oportunidad para parar la pelota y no solo asumirnos vulnerables a un enemigo invisible, si no también volver a “mirar” al otro, a los que elegimos tenemos al lado.

El encierro convoca a la creatividad de los memes que se viralizan (sin infectar), y al humor negro que sirve de escape de la realidad y también a leer y reflexionar, a ser creativos para bancarse el ocio improductivo. Así entendimos que también se podía dar clase (y hasta tomar exámenes) y mantener reuniones de trabajo en forma remota; que teníamos a mano otras formas de relacionarnos (tanto con quienes estamos encerrados como con los que están en “otros encierros”). Así vimos como esas materias devaluadas en la escuela formal (música, plástica y educación física) son las que más le importan y construyen identidad de nuestros hijos.

Mientras se saturan todos los servicios de internet y el rating televisivo vuelve a mostrar indices de su época de oro, hay comercios que aumentan indiscriminadamente sus precios, y otros que intentan burlar la ley y terminan clausurados. Mientras que los empresarios resuelven como pagar los sueldos, los trabajadores de la inmensa economía informal en la Argentina se sostienen con el subsidio oficial ($10.000) como naufrago al salvavidas.

En este contexto explotamos como pocas veces de consumo de información. Leemos todo y miramos al mundo, nos interiorizamos por las experiencias de otros y también nos sorprendemos e indignamos como cuando escuchamos a Dan Patrick (vice gobernador del estado de Texas): “los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía en bien de sus nietos y no paralizar el país”. Vergüenza ajena es poco... . El día termina con vos agotado, enojado por haber leído al señor Patrick (y también algo asustado por la salud de los tuyos), pero subís al ascensor y te encontrás con una nota que dice en otras palabras: “¿quién dijo que todo está perdido?, yo vengo a ofrecer mi corazón”. Con muchas “Micaelas” nada será igual después del coronavirus.

Buena semana.

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