El 3 de marzo se confirmó el primer caso de coronavirus en nuestro país.
Hasta entonces habíamos escuchado del virus con preocupación, pero también como algo lejano a nuestras pampas. Venía de China, estaba (entonces) haciendo estragos en países cercanos a nuestra historia en Europa, pero nosotros encontrábamos finalmente un consuelo positivo en vivir en el culo del mundo.
Sin embargo, al culo del mundo también llegan aviones repletos de argentinos y turistas. Y entre ellos bajaron personas con fiebre, tos, dolor de garganta (e hisopados positivos). Allí empezó la carrera contra reloj y el master que permiten hoy las redes de la comunicación. De repente todos pasamos a entender de cepas, curvas y achatamientos, y empezamos a desconfiar del murciégalo a la luz de las teorías de guerra bacteriológica. Todo, mientras la tele derramaba las peores imágenes de la muerte y féretros alineados en fosas comunes en el tercer mundo pero también en la mismísima Nueva York.
Como Dios es argentino (y el Papa también) nos dejaron leer el diario del lunes. Y así pudimos saber con detalles como se propaga el COVID-19, a quienes afecta primero, cuáles son las medidas más efectivas de prevención y también que debíamos armar hospitales de campaña, liberar la mayor cantidad de camas de los hospitales y buscar respiradores mecánicos para salvar a los más comprometidos.
El gobierno nacional tomó una medida innovadora. Impuso una temprana cuarentena que no sólo aplanó al famosa curva de contagio sino que también nos muestra hoy con un total de muertes mínimo (menos de 300) en relación a las más de 260.000 mundiales o los más de 10000 decesos que se dieron en Brasil por ejemplo.
De a quince días llegamos a los cuarenta de la cuarentena y después fuimos por más. Cuando el presidente anunció la cuarentena administrada desató multiplicidad de opciones de salidas. Mientras Jujuy ya establece medidas de control para reactivar el turismo (una de sus principales fuentes genuinas de generación de ingresos), y algunas ciudades chicas empiezan a abrir sus negocios de cercanía, tanto la ciudad de Buenos Aires como los municipios de los tres primeros cordones eligen seguir con la cuarentena estricta.
Se trata de una posición que se explica sólo con ver la progresión de los contagios en la Villa 31 de Retiro (hoy rebautizado como Barrio 31). Los tres primeros casos fueron rápidamente 100 en tan solo 9 aciagos días en los que todo el barrio se quedó sin agua. Esta situación (del explosivo mix: hacinamiento y falta de higiene), se repite lamentablemente en casi todos los asentamientos de la ciudad y de los municipios que le rodean (geográficamente hablando).
La certeza que tienen las autoridades políticas (independientemente del color político que sean) es que si el virus entra allí, hará estragos. Así se explica la resistencia a las salidas de esparcimiento social que impulsaba Alberto Fernández.
Ahora bien, ¿es viable la cuarentena eterna hasta que se encuentre la vacuna o el virus se extinga? Pareciera que no. Miles de pequeños comerciantes pujan por salir nuevamente a la calle: si no volvemos a trabajar, será otra forma de morir. Esto se explica en que los circuitos armados para la ayuda social de los estados (sea nacional, provincial o municipal) ésta armada y funciona en los sectores más desfavorecidos, porque los tienen censados, saben dónde están, cómo viven y qué necesitan.
Sin embargo, los trabajadores no asalariados (desde remiseros a pequeños comerciantes) que no están en la órbita de esa ayuda social ni acceden al IFE de 10.000 pesos, la están pasando mal. O muy mal.
¿Llegó la hora de abrir la esclusa y bancar la inundación (que parece llegará inexorablemente)?; ¿alcanzaron los días ganados para equipar el sistema sanitario?, ¿seremos todos capaces de mantener la distancia social, usar barbijo y lavarnos las manos periódicamente? Entre los funcionarios nadie quiere ser la cara del dolor. A nadie la hace gracia comunicar los muertos que se cuentan de a uno, día a día.
El coronavirus puso a prueba sistemas de salud, sociedades públicas y gestores políticos en todos los países del mundo. Todos lo sufrieron, ninguno quedó exento de su poder de destrucción, ni salió de taquito. Pudimos leer el diario del lunes, pero el lunes ya pasó. Ahora nos toca a nosotros. ¿Podremos?
Buena semana.






