Los expertos y especialistas, serios, rigurosos y en algunos casos amigos, parecen competir a ver quién encuentra el calificativo negativo más terrible, más impactante para describir la situación de la educación argentina. Detrás de ellos muchos periodistas y comunicadores sociales difunden la información. La decadencia de la educación argentina no es otra cosa que una manifestación más de la decadencia general del país y los malos resultados educativos no solo son responsabilidad de la escuela y los docentes. Pero una parte sí y es en este punto que nos toca pensar y trabajar a los educadores y a los responsables de las políticas educativas.
Caracterizar la situación educativa como la "tragedia", el "fraude", la "catástrofe", el "simulacro", son expresiones que sin duda reflejan una buena parte de lo que está sucediendo con nuestro sistema educativo. La situación no solo es mala, tiene tendencia a agravarse. Frente a ello podemos optar por la descripción del problema y punto, o bien, a partir de un buen diagnóstico, abocarnos con prisa y sin pausas a transformar el viejo sistema.
El problema con el "título catástrofe", más allá de que se ajuste a la realidad, es la ausencia de matices y la parcialidad de la mirada. No describe sólo la parte más oscura del problema, sino que obtura o nubla la visión sobre los muchos aspectos positivos que los hay. Tenemos tendencia a consumir información de valores negativos. En parte por nuestros propios sesgos y en parte porque lo que es una peculiaridad de la tarea periodística se vuelve sentido común: el avión que llega no es noticia...
Tal vez desde la mirada del periodista y del académico con la descripción y la denuncia de los hechos sea suficiente. Está cumplida la misión. Las miradas política y del educador en cambio exigen acción, propuestas, iniciativas, innovación; en el campo democrático además, un proyecto que asegure la inclusión y participación de los actores involucrados. Cómo se los convoca, con qué discurso se los inspira, cómo se los moviliza hacia objetivos comunes que permitan superar la etapa de diagnóstico.
El discurso del "desastre", sin distinciones, abruma, desmotiva, paraliza. Es injusto además, porque oculta una parte de la realidad, esa realidad en la que muchos trabajan día a día y no sólo ponen esfuerzo (condición necesaria y para muchos suficiente, no para mi) si no que logran buenos resultados.
Debemos cuestionar un sistema en el que después de transitar doce años de escolaridad, un 50% no puede leer textos complejos o resolver operaciones matemáticas relativamente simples. Pero también debemos incluir al otro 50%. Obligados a preguntarnos porqué a unos les fue tan mal y otros lograron alcanzar los objetivos. Para aprender y mejorar. Para buscar, en los caminos de los que llegaron a las metas, referencias que ayuden a los que no lo logran.
Se puede ver también a los argentinos más destacados aquí y en el mundo, sobresaliendo en centros de investigaciones, universidades, empresas y organismos internacionales. Y a los jóvenes que inventan aplicaciones tecnológicas para solucionar problemas a la gente que lo necesita y que, con notable espíritu solidario, las ofrecen sin fines de lucro. ¡Hay un par de argentinos en camino al Nóbel! Todos ellos, casi invariablemente, valoran su paso por las aulas de las escuelas y universidades nacionales y no pocos destacan su orgullo por haber transitado la escuela pública.
¿Se trata de personas excepcionales? Puede ser. ¿Son la excepción a una regla que asegura fracasos? Quizá. Pero es muy bueno poder conocer su recorrido, aprovechar su experiencia y tratar de transferirla a la cotidianeidad de la escuela.
Es curioso como convive la idea de la "catástrofe educativa nacional" con el reconocimiento de sus recursos humanos a la hora de invertir en la Argentina, valorada por sobre otros países de la región.
Una cara de la realidad no puede ocultar la otra, como si fuera un espejo invertido. Por ello es imprescindible ponderar e incluir ambas en el análisis.
Construir la Argentina que queremos: del conocimiento y el progreso económico y social, requiere de la movilización de todas las fuerzas positivas de la sociedad. El sector docente está llamado a ser un actor privilegiado y prioritario en ese proceso de modernización que nos lleve a una realidad de mayor justicia y equidad. No se los puede convocar a la gesta si no se valora lo que hacen. De aquellos que sí hacen. Cornelius Castoriadis, filósofo francés, afirma que un mundo simbólico nuevo se construye sobre las ruinas del mundo simbólico anterior. No podemos empezar siempre de nuevo, como si no hubiera pasado nada o todo lo hecho está mal. Silvio Rodríguez, con guitarra cubana canta que el mundo se hace a mano y sin permiso, arando el porvenir con viejos bueyes.
Salgamos del discurso homogéneo, busquemos los intersticios en los cuales construir. Vale la pena desbrozar la maleza del grano. Reconozcamos la gravedad y profundidad de la crisis educativa. Pero sepamos también que con los actuales niveles de pobreza y exclusión del mercado laboral no hay muchos caminos de salida. Es necesario un programa de gobierno, dentro del cual desplegar las políticas educativas. Hay que reiterar que la educación no es, ni puede ser, una variable independiente.
El análisis aislado de la situación de la educación argentina, sin ponerlo en el contexto nacional, es parcial. La "tragedia educativa argentina" no es más que la tragedia del país ¿Dónde pueden encontrar docentes y alumnos ejemplaridad pública que los inspire para el esfuerzo, y proponerse un proyecto de vida que mejore la propia y la de la comunidad? ¿Cómo conseguir educación de calidad para todos en una sociedad con sus instituciones debilitadas, los valores básicos de la convivencia ciudadana alterados y su cohesión quebrada?
En mi primera visita a Francia recorrí una escuela. Último año de secundario, clase de español. Profesora con peinado de rodete y traje sastre. Primero repasaron la conjugación de los verbos y después analizaron un artículo del diario El País, en torno al problema de la tierra en alguna región española. Un timbre anunció que la hora había terminado. Transité luego por los pasillos. Lo más parecido a cualquier buena escuela nuestra. La gran diferencia la encontré en "la calle". El funcionamiento de las instituciones, la relación de los ciudadanos con las mismas, el respeto a las normas y a los otros. Sí, también marché días después unas cuadras acompañando una manifestación de docentes en paro (para que no se piense en idilios ilusorios e inconducentes).
Lo que llamamos educación nacional es, en la práctica, la suma de la educación de las veinticuatro jurisdicciones federales del país y el estado nacional. Recuperemos lo mucho y bueno que hicieron las jurisdicciones en estos ya casi 40 años de democracia. Más allá de los indicadores generales todas han buscado alternativas y algunas con resultados destacables. Aprendamos también de lo que ocurre en las escuelas de Finlandia, Barcelona o en las del próximo que alcance las mejores notas en las pruebas internacionales. Pero no éstas sin aquellas.
Volvamos para finalizar a la visión de la catástrofe. Es necesario que encontremos las causas, políticas, económicas, sociales y educativas. Nos toca a quienes nos desempeñamos en este campo enfocarnos en estas últimas. Identifiquemos los problemas, desagreguemos y compartamos toda información disponible. Seguramente hubo un déficit en la formulación y ejecución de las políticas públicas, ofrezcamos alternativas que permitan perfeccionarlas. Es indudable que hay que modificar los contenidos, incorporar nuevos es relativamente fácil, eliminar los que ya están y no se justifican, no. Todo ello obliga a repensar la organización escolar, el ordenamiento horario y hasta la arquitectura educativa.
Las transformaciones tecnológicas y nuevos paradigmas obligan a modificar el rol de los docentes, ayudemos a buscar las políticas que permitan primero, a los que hace años vienen transitando las aulas, acompañarlos en el proceso de cambio y, simultáneamente, modificar radicalmente las instituciones formativas. Reconociendo que en la formación de un docente hay, al menos, dos vertientes, la formación profesional y la formación del ser humano. Sabiendo también que no están disponibles todos los gestores y capacitadores necesarios para una reforma del siglo XXI. Habrá que trabajar en grandes equipos y lograr acuerdos para que lo avanzado en una etapa no se desande en la próxima (si cambia el gobierno).
Saldremos de la tragedia educativa en la medida que salgamos de la tragedia argentina.
En el camino, quienes abrazamos la causa de la educación sumamos esfuerzos para que siga valiendo la pena.
Por Mario Alberto Giannoni
Ex ministro de educación de la Provincia de Río Negro y de la Ciudad de Buenos Aires






