Después de un par de postergaciones habíamos logrado ponernos de acuerdo. La cita era finalmente en un viejo bodegón de San Telmo rearmado para cumplir con los protocolos del COVID. Tres viejos amigos que se reencontraban personalmente después de más de un año de chats, algún zoomple y esporádicas llamadas telefónicas.
No voy a dar sus nombres para no tener que pedirles autorización. Aunque en realidad nunca hubiese imaginado que darlos a conocer podría comprometerlos de alguna manera.
Como si fuéramos tres chicos, la charla se extendió por casi cuatro horas en las que nos pusimos al día de todas esas cosas que no muestran las publicaciones en las redes sociales, ni se pueden transmitir en textos ni imágenes a través de las pantallas.
A la mesa estábamos sentados dos periodistas y uno de los abogados más prestigiosos de la provincia de Buenos Aires. Los dos me cargan llamándome "empresario de la comunicación", aunque saben muy bien cuáles son los costos personales económicos y profesionales, de hacer realidad medios regionales como los nuestros.
Mi amigo periodista eligió el camino del empleo en relación de dependencia, tal vez por ser el más conservador, sin embargo logró un reconocimiento masivo de la opinión pública. Es alguien que podríamos llamar "famoso". Esto lo demostró la mayor parte de la gente con la que nos cruzamos el miércoles. Algunos le sonríen con complicidad (no recíproca), otros solo murmuran, y otros se atreven a pedirle una selfie con su celular. Para algunos mi amigo es un superhéroe que defiende la República y la justicia, y para otros es un traidor, cipayo y vende humo. "A esta altura del partido ya me da lo mismo. Al principio me molestaba pero ahora sé qué son las reglas del juego", dice cuando trata de explicar esa extraña fama en la que se dividió nuestra profesión a partir de la grieta en la que trabajar en el grupo Clarín le significa una mochila cargada . El tercero es abogado y tiene en la actualidad una responsabilidad institucional en la gestión pública de la provincia de Buenos Aires. Su enorme responsabilidad no se asemeja en nada con el nivel de conocimiento que tiene.
En todos los casos se trataba de un encuentro de amigos donde se habló de trabajo, de política, de fútbol, de los amores y desamores de cada uno, de las realidades, actualidades y proyectos de nuestros hijos. A fin de cuentas nada atípico en este tipo de encuentros. La pasamos muy bien. Como la pasan esos amigos que no necesitan encontrarse mucho pero que sin embargo se "ponen al día" en cinco minutos de charla. Antes de despedirnos le pedimos al mozo que nos sacara una foto, y nos juramos que no iba a volver a pasar tanto tiempo hasta el próximo encuentro.
Cuando llegué a mi casa estaba arrobado en una historia de Instagram del más famoso de los tres (que tiene más de 1 millón de seguidores), en la que decía algo así como "con mis amigos de fierro". Cuando me acosté decidí hacer un reposteo de esa su foto en mis propias redes (más modestas) pero con otros amigos que entenderían el valor de ese encuentro.
Al día siguiente la foto ya no estaba posteada y lo llamé. Su respuesta fue tan lógica y esperable como triste y dolorosa: "Bajé la foto porque me di cuenta que los había arrobado a los dos sin permiso y tal vez los metía en un lío, o les generaba un compromiso. Viste que ahora yo trabajo para el mal". Le respondí que para mí todo eso era un sinsentido, que ahí no se veía un periodista de un lado de la grieta o un funcionario enfrentado con grupo económico coyunturalmente patronal. Yo solo veía tres amigos cenando, y disfrutando de la oportunidad de seguir haciéndolo. Desde el jueves estuve muy tentado de publicar esa foto ilustrando ésta editorial, pero su duda, su cuidado y su prevención me cooptaron.
Estoy un poco harto de esta situación que genera la grieta, en la que los que no son mis amigos son mis enemigos. Debe ser porque ya pasé los 50 y hay situaciones que no elijo aceptar sin más.
Quiero vivir en el país que vivieron mis padres y abuelos, donde el judío, el gallego, el tano y el polaco convivían sin discriminación; donde las discusiones de la mesa de café no terminaban con gente enemistada de por vida; donde la familia no tenía que hacer una estrategia para evitar determinados temas que hoy terminan pudriendo la reunión.
No quiero dejar de ver a mi amigo periodista porque trabaje en el grupo Clarin ni a mi amigo abogado porque es funcionario de un gobierno al que el grupo Clarín castiga. Simplemente porque son dos seres humanos extraordinarios, personas de bien y honestos. Por eso son mis amigos, aunque pensemos distinto o no lleguemos nunca a estar de acuerdo en determinados temas, son mis amigos...
Quiero vivir en la tranquilidad de la aceptación de las diferencias; del respeto por el otro independientemente de dónde viene o hacia dónde va. No quiero enemigos para vencer porque piensan distinto. Me encanta discutir sin imponer. Interpelar y que interpelen (porque eso me hace ser mejor y más riguroso).
No soy naif, ni buenudo, ni bohemio, ni un ingenuo, o amante de las causas perdidas. No quiero renegar de mis amigos por el lugar donde trabajan o por ser hinchas de Boca o Racing. No creo que sea tan difícil, y alguien tiene que empezar a salir de esta trampa venenosa.
Yo abro la inscripción y me anoto primero.
Buena semana.






