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La odisea de los outsiders (no siempre giles)

A la hora de "hacer política" nunca les fue bien a los outsiders. A lo largo de la historia de la Argentina aparecen ex futbolistas, pilotos de autos, actores serios y cómicos, músicos. Por Ricardo Varela.

Se van oficializando algunas candidaturas políticas de colegas periodistas y, en la semana que murió el ex senador y corredor Carlos Reutemann, elijo compartir algunas reflexiones.

Por lo general a la hora de “hacer política” nunca les fue bien a los outsiders. El diccionario los define con claridad meridiana: a) competidor desconocido y con pocas posibilidades de éxito, b) persona que está al margen o fuera de las tendencias más comunes.

En muchos casos los outsiders fueron “usados” por la corporación política sin que ellos se dieran cuenta. ¿Por qué? Fundamentalmente porque son populares y queridos por sus públicos y no hace falta gastar plata para hacerlos conocidos. Es también cierto que aterrizan en la política libres de pecado y “dan bien” en cámara (como dicen los entendidos). O sea, todo ganancia.

En la gran mayoría de los casos, estos “nuevos” protagonistas llegan a la política con las mejores intenciones, ideas nuevas y convicciones, con el propósito de “cambiar lo que está mal” para hacerlo bien, “cansados” de “sufrir” las mismas caras que se repiten una y otra vez sin “que la cosa mejore”.

En la gran mayoría de los casos, fracasan.

No se trata de un invento argentino, el ejemplo internacional más emblemático será sin dudas el de Donald Trump en los Estados Unidos. Por estos lares el principal impulsor de la movida fue el ex presidente Carlos Menem con el cantante/productor Ramón “Palito” Ortega y el entonces motonauta Daniel Scioli. El actual embajador en Brasil tiene una particular visualización entre los ciudadanos de casi todo el país: sigue siendo considerado como un outsider a pesar de haber ejercido la vicepresidencia de la Nación, la gobernación de la Provincia de Buenos Aires (durante 2 períodos), mandatos como diputado y senador, y estar al frente de ministerios nacionales. Algo similar usufructuó el expresidente Macri, que se decía ajeno a la política después de 8 años como jefe de gobierno en la Ciudad de Buenos Aires más otros 12 años previos como presidente de boca juniors.

A lo largo de la historia de la Argentina también aparecen ex futbolistas, otros pilotos de autos, actores serios y cómicos, músicos. Algunos ejercieron cargos en poderes ejecutivos (nacional, provincial o municipal) y otros en legislativos (diputados, senadores o concejales).

La llegada de los outsiders son un reflejo de la falta de nombres de la política tradicional. Y lo que hace la política tradicional con los outsiders puede ser despiadado. Tanto, que convierten aquellas buenas intenciones iniciales en frustraciones y enojos permanentes en sus vidas personales y profesionales. Ejemplos sobran, que evito listar para no herir susceptibilidades, ni estigmatizar ante el riesgo de equivocarme. Cada uno puede hacer su propio ejercicio de búsqueda (y lista).

Hasta la llegada de los “Ceos” del macrismo, los outsiders eran parte de la "farandulización” de la política, que implicaba (de hecho) "cierta descalificación" de la actividad. En 2015 Macri se jactó de formar el mejor gabinete de los (hasta entonces) 50 años. En muchos casos se trataba de perfiles de éxito en la actividad privada que, no solo desconocían los tiempos, los vicios y los condicionamientos de “lo estatal”, sino que tendían a dificultar enormemente el trabajo en equipo. Equipo no es sinónimo de grupo de “estrellas”.

Ese equipo de outsiders tampoco funcionó, y es ahora criticado abiertamente por miembros del mismo equipo que sobreviven a la caída justamente “por ser políticos”.

La política no es para cualquiera. Y está dada en muchos lugares donde puede ser más o menos visible, pero podría tranquilamente ser en paralelo un ejemplo “escalable” a lo que sucede en un municipio, provincia o país. Lo más evidente sería el centro de estudiantes de escuela secundaria, pero también hay política en un consorcio de 6 propietarios en una pequeña urbanización o edificio. Algunos ceden representación para otros que decidan, ejecuten presupuestos sostenidos con su dinero y controlen esa ejecución. ¿A cambio de qué?, ¿mero ejercicio de poder?, ¿un sueldo?, ¿quedar en el bronce de la historia? Las respuestas más simplonas hablan siempre de lo mismo: poder y dinero (en el orden que prefieras). Así comenzaron a naturalizarse términos como “sobresueldos”, “roba pero hace” y corrupción para aquellos que “eligen” trabajar para los otros. El bien común dejó de ser un aspiracional, reemplazado por “el negocio” que se lee detrás de la presidencia del consorcio, del club, el centro de jubilados, el sindicato, la sociedad de fomentos, la intendencia, concejo deliberante, gobernación, etc., etc.

Los outsiders aparecen porque faltan dirigentes. Y los buenos dirigentes desaparecen cuando se cansan de la mirada censora y desconfiada de los escépticos que eligen: a) el no te metas o b) el “pago” por ver (que conlleva resignación).

Buena semana.

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