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La escuela que añoramos, fue

La escuela argentina no solo "atrasa", sino que se reconvirtió en rol asistencialista que pide la involución económica y social. En esa tarea titánica de contener desigualdades se olvidó que su principal tarea es enseñar y aprender. Por Ricardo Varela.

Estuve muy tentado a titular este editorial como lo hice en (varias) anteriores oportunidades con una frase de Sarmiento: “Todos los problemas, son problemas de educación”. Mitad para no aburrirte como lector y mitad para evitar que mis hijos me condenen por “repetición gagá”, cambié. Pero igual, queda dicho.

Es lo primero que me vino a la cabeza cuando leí las declaraciones de un directivo de la planta de Toyota en Zárate lamentándose al no cubrir 200 puestos de trabajo por no encontrar personal calificado. Pensé que se trataba de carreras de grado o posgrado, pero no.

“Solo” se pedía secundario completo y vivir en un radio no mayor a 60 km de la ciudad de Zárate. Fui entonces a buscar cuáles eran esas ciudades y cuánta gente vivía en ellas. Resumiendo mucho, y tomando solo las grandes aglomeraciones urbanas y los pueblos más poblados la conclusión fue: algo más de 300.000 habitantes en seis ciudades/pueblos (incluyendo Campana y la propia Zárate).

Me pregunté cuán serio podría ser que no hubiera 200 jóvenes egresados de secundaria desempleados en ese radio y los números no me dan. Según la última medición de la encuesta permanente de hogares del INDEC hay casi 30.000 desocupados y/o subocupados en ese radio. De esos 30.000, ¿no hay 200 que hayan concluido la enseñanza obligatoria? No lo pude confirmar (ni desmentir).

Sin embargo, encontré un número alarmante que bien podría justificar que así fuera. En nuestro país (en todo su territorio) el 60% de los chicos que empiezan la secundaria no la terminan. Solo cuatro de cada diez que empiezan primero a los 12 o 13 años no llegan a quinto o sexto. Sí, leíste bien: solo se gradúan cuatro de cada diez. Por lo tanto, independientemente de las voluntades individuales, podría ser real que entre los casi 30.000 desocupados del radio de 60 km de la ciudad de Zárate no hubiese 200, 300 o 1000 ciudadanos que hayan cumplido con la escolaridad secundaria obligatoria.

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¿Qué nos pasó? ¿Qué fue de aquella escuela argentina señera y modelo para Iberoamérica durante décadas? Juan Pablo Geretto en el monólogo de su personaje teatral “Mi Maestra Normal” lo resume a la perfección. Pregunta: -“¿dónde quedó nuestra adorada escuela?, y se responde: -“en el olvido”.

Reconstruir el apogeo y la caída de la “institución escuela” supone remontarse a las experiencias educativas llevadas a cabo en los primeros asentamientos de la población, centrada en la escolaridad básica a cargo de las órdenes religiosas. Su principal objetivo era la evangelización antes que la lectoescritura.

En 1610 los jesuitas fundaron el Colegio de la Inmaculada Concepción en Santa Fe, actual Cayastá (tristemente célebre como “el pueblo que te atrapa” después de que detuvieran allí a los hermanos Lanata y a Victor Schillaci luego de la cinematográfica fuga de hace casi 6 años). Los mismos jesuitas (congregación del Papa Francisco) fundaron en 1613 la Universidad de Córdoba.

Sin embargo, hubo que esperar más de 200 años para la fundación de la Universidad de Buenos Aires en 1821 (el pasado jueves celebró su bicentenario). En paralelo, en las provincias que mantenían autonomía, los caudillos gobernantes promovieron un sistema educativo estatal (primera base de la educación primaria pública), hasta que el gobernador de Buenos Aires de 1838, Juan Manuel de Rosas, dispuso suprimir la enseñanza gratuita y el pago de los sueldos de los profesores universitarios.

Entonces, tanto la Universidad de Buenos Aires como el actual Colegio Nacional Buenos Aires se mantuvieron en actividad por medio del pago de sus estudiantes (primer antecedente de la educación privada no religiosa del país). Todo este combo resultó en una Argentina con educación para pocos (los ricos y/o religiosos católicos), hasta que apareció en escena Domingo Faustino Sarmiento 30 años después.

Sarmiento había viajado por África, Europa y América (en realidad los Estados Unidos) antes de asumir la presidencia en 1868. Su gobierno fue disruptivo para el país pero fundamentalmente para la educación nacional, a punto tal que trajo maestras de Boston (que no hablaban español) para trabajar en la Argentina.

Durante su mandato (hasta 1874) construyó 800 escuelas y bibliotecas en todo el país que permitieron cuadriplicar la matrícula de estudiantes (la población escolar pasó de 30.000 a 120.000 alumnos). Uno de sus principales hitos fue crear el “normalismo”, la escuela media que formaba “maestros” en todo el país.

Eso garantizó un crecimiento exponencial del sistema educativo argentino para lograr la meta: educación primaria obligatoria, gratuita y laica. De delantal blanco para todos (que iguala ricos y pobres), y con bandera celeste y blanca que de iza y arría todos los días para generar pertenencia entre los hijos de los inmigrantes.

Pasaron casi 150 años. ¿Y de Sarmiento para acá? Poco y nada contracultural. Ningún dirigente político, social, maestro o empresario aportó algo equiparable al sanjuanino.

El constante avance de la tecnología y los nuevos paradigmas del trabajo, solo fueron abriendo cada vez más la brecha en relación trabajo/educación formal. La escuela argentina no solo “atrasa”, sino que se reconvirtió en rol asistencialista que pide la involución económica y social.

¿Es un mal dato? De ninguna manera. Es la reserva institucional de un país que viene barquinando hace décadas. Sin embargo, en esa tarea titánica de contener desigualdades se olvidó que su principal tarea es enseñar y aprender. Y deja en el camino a cientos de miles de jóvenes cada año. Y el mundo del trabajo no encuentra respuestas a sus necesidades. Un espiral descendente y decadente, que hipoteca presentes y futuros.

“Somos demasiado pobres para no invertir en educación”, puede ser un slogan de campaña política o la meta y el horizonte de un país. Habría que elegir, ¿no? Podemos empezar por hacernos cargo de la realidad. Como un primer paso.

Aunque parezca contradictorio, te deseo buena semana.

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