Esta semana me tocó vivir una situación particular que quiero compartir sin revelar nombres propios, porque son muchos los involucrados y para hacerlo debiera tener la aceptación de todos (algo que no le pedí a ninguno). Fundamentalmente porque creo que los nombres propios son lo menos importante de la historia, aunque sí lo es "el juego de roles" que se dio (y seguramente debe dar) entre ellos (sin que la gente de a pie se entere).
El jueves me invito a almorzar un funcionario municipal de la región, en una situación bastante frecuente de la relación fuente/medio de comunicación, pero que se hace más presente en determinados momentos. Se acercan las elecciones y casi todos los oficialismos se preocupan porque los medios conozcamos (para que difundamos claro) sus "buenas noticias". No es de las tareas más divertidas del oficio, pero sí un ejercicio que debemos hacer. Que hace a la buena convivencia institucional/medio y fundamentalmente porque a fin de cuentas (aunque con distintos objetivos) tenemos los "mismos clientes". Para nosotros son lectores, para ellos: vecinos y electores.
Cuando entré al bar, para mi sorpresa, no sólo estaba el funcionario en cuestión (esperándome), sino que mesa por medio también estaban el primer candidato de la oposición junto a algunos de sus operadores políticos (ex funcionarios, concejales y candidatos eternos).
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Mi espíritu periodista se emocionó. De repente imaginé armar una gran mesa donde debatir y charlar de política local, provincial y nacional. Pero no. Camino a la mesa que me esperaba saludé a los candidatos y entendí que mi idea no era posible. Estaban "preocupados por la interna", trabajando y definiendo temas y estrategias de campaña (o al menos es lo que imagino). Con lo cual, saludé y fui al encuentro del funcionario que me esperaba con su "lista de buenas noticias".
Muchas veces me pregunto que mueve a gente que respeto a trabajar en política. Tal vez es porque yo jamás podría hacerlo, pero no encuentro qué motiva a gente profesional y honesta a exponerse al destrato social que acarrea la política (muchas veces ganado en buena ley). Me cuesta entender cómo se bancan lidiar con el reclamo y la insatisfacción que supone conducir y definir cuestiones "de todos", cuando se sabe que esa satisfacción jamás será alcanzada. Una situación que debe pasar en todos los países del mundo, pero que se visibiliza y profundiza en muchos como el nuestro. Un viejo amigo (que se retiró hace un tiempo) solía definir a la política argentina de una forma que nunca nadie superó (en mi modesto y limitado modo de entender): "se trata de administrar 10 caramelos para 100 pibes". Eso no es para mi.
Volvamos al almuerzo. Todo transcurría dentro de los carriles esperables (los temas de la charla iban desde las nuevas obras previstas a los logros de la gestión, bla, bla, bla), cuando uno de los "opositores" se acercó a saludar a mi anfitrión. Entonces volví a entusiasmarme con la probable charla que empezó con una pequeña cargada futbolística que no fue bien recibida. Los futboleros nos dividimos en dos: los que entendemos "la cosa" como un juego y los que el exceso de pasión los hace enojarse (como si se tratara de algo personal). A estos últimos un resultado les cambia el humor, les condiciona el día y los mal predispone. En todos los casos, la paternidad del Rojo no admite interpretaciones: porque lo que que se mide no se discute.
Después de un intercambio breve pero "jugoso", el racinguista volvió a su mesa y funcionario suspendió el café apurado por una reunión "en el centro" a la que temía no llegar.
A la hora del postre me quedé solo y pensando que durante la breve (pero interesante) charla sólo habían disentido en un punto. Solo uno. Uno de ellos dijo "detestar" a los outsiders de la política, reclamando profesionales para garantizar su buen ejercicio. El otro dijo textual: "yo creo que a los outsiders hay que ayudarlos, porque su llegada y participación le da más volumen al ejercicio político y mejora la representatividad de la sociedad".
Quedamos en armar un encuentro que no fuera casual, que ojalá se de.
De repente sentí que la grieta podía ser una oportunidad. Que acepte las diferencias sin denostar ni descalificar. A fin de cuentas, alfonsinistas o demócratas cristianos, debiéramos todos priorizarnos como demócratas. ¿O no? Cuando no lo hicimos (como país), nos fue muy mal.
Buena semana.






