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Sobre ciegos y cegueras

La moraleja del que dejó de ver porque no quería ver. O del que pasa a la oscuridad como consecuencia de los excesos de la "luminosidad". No te quedes ciego. Por Ricardo Varela.

¿Cómo olvidar esa mañana en la que despertó ciego?

Durante muchas horas pensó que era una pesadilla de la que no podía despertar. Pero no. De repente estaba ciego. Ceguera total. Repentina.

Entonces se supo vulnerable. Lloró por dentro y por fuera. Maldijo en voz baja y a los gritos. “¿Por qué a mi? Así, sin ningún indicio previo. Sin ninguna enfermedad vinculada.”

Los primeros días y semanas intentó encontrar infructuosamente respuestas.

Así visitó médicos y chamanes de aquí y allá. Pasó de la ciencia a la brujería sin escalas, ni vergüenzas. Pero no había caso. El hombre había dejado de ver. De una noche de domingo a la mañana siguiente.

“Cuando te falta un sentido, todos los otros cobran más sentido”, le repetía un psicólogo que llegó a su vida de urgencia. Pero el hombre no se resignaba, y mientras aprendía de memoria midiendo pasos y metros cuadrados de su casa para convivir con la oscuridad, pensaba que así como había despertado ciego, un día amanecería viendo todos los colores de la vida.

No sólo se trata de ver a los demás, sus caras y sus gestos. Tampoco de conocer lugares nuevos, reconocer otros viejos o ir a la cancha del Bicho a descubrir al nuevo Diego.

Pasaron los primeros meses de oscuridad cuando apareció la mística. El hombre se había vuelto un hombre de fe. Sin Dios, ni iglesia ni templo. Pero creyente al fin. Elegía creer para aferrarse a la vida que le daban los otros sentidos que sí tenía, que aún tenía y ahora no sólo valoraba sino que no quería perder.

“Es que nunca había cuidado especialmente nada de mi salud. Todo me estaba dado porque así debía ser. Porque así era lo normal y esperable”.

Promediaba su quinta década. Abogado independiente que se reía del éxito y oscilaba en altibajos económicos y emocionales, todo según el fallo y la liquidación de turno. Esa inestabilidad económica se asociaba con naturalidad a su estilo de vida. “Así uno se acostumbra a la polenta y a viajar en primera a ver el mundial de Rusia. Sin escalas”. Literalmente sin escalas.

Aquella mañana en la que todo cambió, presagió un sin fin de cambios inimaginados. “Perdí independencia y confianza.” Estaba solo después de una relación larga que le había dado dos hijos, hoy adolescentes. El viejo proveedor y canchero se había transformado en una carga. “Ellos le ponen garra pero yo escucho sus silencios, siento como se mueven, en puntas de pie, sigilosos, como pidiendo permiso. De repente dejamos de discutir por sus cuelgues atrás de las pantallas y los vuelques previos al boliche. Ya no llaman gatos a las amigas que conocí después de separarme de su mamá, para las que dejé de ser un buen candidato de la noche a la mañana.” Literal, de la noche de un domingo a la mañana de un lunes.

El hombre vive día a día esperando que aquel castigo divino se transforme en redención y luz. Pero ese día no llega, o se hace esperar más de lo deseado y bancable.

Cuando la bronca se convirtió en aceptación (o resignación), y la esperanza del milagro se desvanece, empezó a asumirse ciego. “Aprendí que soy ciego, y que la idea de los no videntes es un error porque define por lo negativo. Ciego y punto”.

El hombre anda por ahí con un teléfono que exprime en audiolibros, y traductores de páginas webs a oralidad. Así, encontró cómo seguir trabajando para el estudio, analizando la jurisprudencia para los casos más complicados. “Me habían dicho que los ciegos eran mejores empleados para algunas oficios como los de contar dinero y telemarketers por su nivel de concentración, pero lo mío son las leyes”.

El relato y la ficción podrían tener muchos finales.

La moraleja del que dejó de ver porque no quería ver. O del que pasa a la oscuridad como consecuencia de los excesos de la “luminosidad”. Lo milagroso que supone volcarse a la fe luego de creer sólo en el éxito y el poder del dinero. O también el que vincula a una persona con su vulnerabilidad y lo hace un experto en aquello que no valoraba (porque le había sido dado, o porque en realidad debía ser así). Alguno estará pensando que en realidad el hombre dejó de ver para empezar a sentir. O para darse cuenta quienes serían sus incondicionales.

¿Final abierto a la espera de tus comentarios? Puede ser una buena opción. Los espero.

Igualmente me sale un deseo final (por todo lo dicho, lo sugerido y lo evitado): no te quedes ciego.

Buena semana.

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