“Es que vosotros, los argentinos, donde vais, arrasáis”. Ya me dijeron unas cuantas variaciones de esa frase acá en España. Me lo dicen, sobre todo, cuando hago algo que gusta: una nota que está bien, un chiste gracioso o un remate acertado en el pádel de los jueves. Parece que nada es mérito mío, sino de mi linaje argentino.
Correo desde Madrid: "Es que vosotros, los argentinos..."
Lo importante no es ser el mejor país del mundo, sino estar lo suficientemente locos para creerse el mejor país del mundo.
Los españoles nos reciben bien, con curiosidad y cariño, sin discriminación. Eso habla bien de ellos, aunque no todos son iguales con todo el mundo. A los marroquíes y otros musulmanes les cae el mote de “moros” y están aislados de la sociedad ibérica. Para los latinoamericanos utilizan la calificación despectiva de “panchos”, pero, al menos ante mí, siempre se encargan de aclarar que los argentinos tenemos el extraño privilegio de no estar incluidos en esa categoría, como si ocupáramos un lugar aparte dentro nuestro continente. Así que acá la moneda de la xenofobia nos salió del lado de la suerte, con una comunidad de 500 mil compatriotas que viven en España.
Claro que no todo es color de rosas. Que donde vamos siempre nos queremos hacer notar, que somos pesados exaltando las pretendidas maravillas de nuestro país todo el tiempo, que nuestra persistente ironía suena un pelín desubicada, que hablamos mucho y que nunca renunciamos a hacerlo con nuestro acento (con el faro moral de Lionel Messi, que vivió la mayor parte de su vida en Barcelona pero nunca dejó de expresarse como rosarino). Sobre todas esas cosas presentan quejas los españoles, siempre interesados en investigar cómo funciona nuestro ego. “¿Pero cómo es eso de que vosotros os consideráis el mejor país del mundo? Que está bien que sintáis orgullo por vuestra patria, pero no olvidéis que seguís siendo un país subdesarrollado”, suelen cuestionar, desde la seguridad que les da su economía estable gracias a que están dentro de la Unión Europea.
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Siempre se les puede inventar algún argumento distinto, aunque los indicadores de pobreza, desigualdad, tamaño de nuestra economía y calidad de vida nos desmientan. No importa: nosotros estamos entrenados en sobreponernos a los crudos números de la realidad a fuerza de chamuyo.
Yo tengo claro que es una irracionalidad lo de considerarnos el mejor país del mundo. Creo que es un juego (aunque me lo tomo bastante en serio) y si me aprietan puedo admitir que en verdad no existen mejores países del mundo y que, en todo caso, cada pueblo tiene derecho a sentirse el pueblo elegido.
Pero la verdad es que no todos ejercen ese derecho. En Latinoamérica, por ejemplo, solo me imagino a los brasileños diciendo que tienen el mejor país del mundo. Los uruguayos, también, en su falsa humildad, esconden grandilocuencia. En Europa, puede ser que los orgullosos alemanes, franceses e ingleses puedan hacer alguna afirmación del estilo. De los españoles no sería esperable, porque entre la comparación con su glorioso pasado imperial y el sentimiento de inferioridad ante las economías de sus vecinos europeos, el Reino vive un momento de baja autoestima. Además, su integridad está cuestionada por regionalismos ruidosos, como el catalán, el vasco o el gallego, que ponen a sus comunidades y a sus lenguas por encima del sentimiento español.
Si nosotros nos pusiéramos a revisar en serio nuestra realidad, seguramente tampoco podríamos durar mucho en la conversación. Pero acá no se trata de los mejores argumentos, sino de convicción, delirio y percepción alterada de la realidad. Sin eso, no se pueden emprender epopeyas como cruzar los andes en mula o gambetear a cinco ingleses en un Mundial. Tenemos muchas cosas que corregir, tenemos que dejar de pasarnos tres pueblos, pero sin perder el coraje propio de los dementes que se creen los mejores del mundo.

