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Debajo del conflicto

Por Mónica Dreyer.

En las conversaciones difíciles, el problema casi nunca es el tema. Es la forma.

Discutimos sobre decisiones, tareas, límites o dinero. Pero debajo de cada intercambio tenso suele latir algo más profundo: la necesidad de tener razón.

El libro Negociación. Una orientación para conversaciones difíciles explica que en todo diálogo complejo conviven tres capas: el contenido, la emoción y la identidad. Cuando sentimos que nuestra identidad está en juego —“no me respetan”, “si cedo pierdo”, “no confían en mí”— la conversación se vuelve defensiva.

Hace poco trabajé con dos socios. El negocio funcionaba, pero la relación no. Uno decía: “Nunca consulta las decisiones importantes”. El otro respondía: “Si tengo que esperar su aprobación para todo, no avanzamos”.

Ambos tenían argumentos válidos. Ambos querían tener razón.

En la sesión les pregunté:

—¿Qué creen que está intentando cuidar cada uno cuando discuten?

Hubo silencio.

“Yo cuido la velocidad”, dijo uno.

“Yo cuido la calidad y el riesgo”, respondió el otro.

El conflicto no era la consulta. Era el miedo a perder algo valioso. Cuando pudieron nombrarlo, dejaron de defender posiciones y empezaron a explicar qué querían proteger. Acordaron criterios claros. No fue mágico. Fue consciente.

Y ahí aparece la pregunta incómoda.

Ganar una discusión puede inflar el ego por un momento. Pero, ¿se llega a algo? ¿El negocio mejora? ¿O el desgaste silencioso termina erosionando el vínculo y el trabajo?

No es que las personas quieran ese resultado. Simplemente no saben hacerlo de otra manera. Reaccionan o se someten. Y en esa dinámica, todos pierden.

El punto de inflexión llega cuando cambiamos la pregunta:

¿Qué vínculo quiero construir?

¿Cómo quiero vivir este trabajo?

¿Desde qué lugar quiero responder cuando el otro me incomoda?

Porque tener razón puede dar una sensación momentánea de superioridad.

Pero, en la práctica, suele ser una de las formas más elegantes de perder.

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