Esta semana el magnate africano Elon Musk volvió a disparar una de sus predicciones más resonantes: “No te preocupes por tu pensión (jubilación) dentro de 10 o 20 años”. No lo dice a la ligera ni por algún hito en especial, sino que es parte de una agenda filosófica sobre el futuro que viene impulsando cada vez con más insistencia y de la que ya hemos hablado en este espacio: la renta universal.
Musk predice, casi como quien avisa y no amenaza, que en el futuro todos podremos disfrutar de los beneficios de un mundo conducido por la inteligencia artificial y eso conlleva un cambio de paradigma antropológico sin precedentes. Planear una pensión, una jubilación, dinero o inversiones, o lo que sea que se planee para la época de retiro, es planear para la escasez, dice Musk. El ser humano durante milenios de evolución temió en el futuro no tener las capacidades de generar su propio alimento, entonces buscó formas de acopiar o modelos de sociedad que consideren a aquellos que ya no puedan producir. Según Musk ese paradigma cambia porque la escasez es un concepto que se volverá antiguo, y la abundancia será el signo de los tiempos de la IA.
De esto estuvimos hablando las últimas dos semanas cuando decíamos que todo marcha acorde al plan, pero lo que no termina de quedar claro, creo yo, es de quién es el plan.
Esta semana el presidente argentino explicó que el empleo formal cayó durante su mandato pero celebró que creciera el empleo informal al que él decidió llamar: independientes. Porque cuando ve “empleo informal”, el presidente ve, por ejemplo, a los trabajadores de aplicaciones como Pedidos Ya y Uber. Estos son, quizás, los mejores ejemplos que tenemos a mano para tratar de empezar a entender el futuro del mercado laboral. Como ya hemos explicado, Milei cree -igual que Musk- que el capitalismo, al ser perfecto, no tiene fallas, y por ende descarta a los monopolios como errores a corregir dentro del sistema capitalista. Por ende, si no son errores y son inevitables, deben ser ideales. Con un data-center lo suficientemente capaz, utilizando los recursos naturales que requiera para tal fin, una sola empresa podría prestar los servicios de transporte a toda la humanidad y esto generaría solo beneficios para los clientes. Con los algoritmos necesarios, Uber podría, por ejemplo, ordenar el tránsito entero de una ciudad, si todos los autos estuvieran dentro de su nómina. A decir verdad, Uber ya hace algo parecido cuando calcula el precio de un viaje según la oferta y la demanda. Este sistema funciona por algoritmos, sin intervención humana, así que vamos a analizarlo en profundidad.
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La concentración del mercado de viajes en auto que tiene Uber le permite saber exactamente cuántos autos hay disponibles para la cantidad exacta de personas que hay con necesidad de viajar y sus destinos. Por eso, optimiza la transacción basándose en oferta y demanda, para que tanto el vendedor (en este caso el chofer) y el comprador (el pasajero) consigan, supuestamente, el mejor acuerdo para llevar a cabo la tarea. Si la demanda es alta, al chofer se lo compensa con una mejor tarifa y al usuario se lo disuade de comprar, para no desabastecer a quienes tienen mayor urgencia y estén dispuestos a pagar. Al revés, si la oferta es alta, el algoritmo baja los precios fijados para alentar un mayor consumo y optimizar el tiempo de los vendedores. En ambos casos lo que se optimiza es la generación de capital. En ambos casos, la decisión no es humana. Es decir que si por fruto de la casualidad, de una tormenta, o de lo que sea, la demanda crece un usuario puede perderse de realizar un viaje que consideraba esencial. Y eso no es un problema para nadie en este sistema. Milei destaca que crece el empleo independiente, lo cual significa que quienes se dedican a Uber pueden estar ganando cada día menos por la sobreoferta. Y eso no es un problema para nadie.
Porque ni el usuario ni el chofer, las partes humanas de este modelo, tienen la más mínima injerencia en las decisiones que toma el algoritmo.
Lo mismo ocurre con la renta universal. En un modelo de abundancia como el que presagia Musk, el humano no tiene ni voz ni voto. La IA se encargaría de hacer todo lo que necesitamos, y de que seamos capaces de adquirirlo. Pero también se encargaría de decidir qué necesitamos, cuándo, y en qué cantidad. Ningún partido ni movimiento político del mundo niega al día de hoy que esto vaya a ser así. Nadie contradice a Musk. Por eso las futuras guerras tienen olor a religiosas. Será en ese terreno donde se discutirá qué lugar ocupa el hombre en el mundo que viene.

