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Historias de Santos: trae aquí tu dedo

Reflexiones sobre la vida del apóstol Santo Tomás. Por Clara Milano.

“Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!». Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús. Estaban cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Después dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».

Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (San Juan 20, 24-29).

Hoy me gustaría hablar sobre Santo Tomás, uno de los apóstoles de Jesús. Es por esto que me pareció acertado compartirles primero la escena del Evangelio por la cual más se lo conoce.

Sin embargo, antes de mi humilde reflexión, un poco sobre él: Santo Tomás, también conocido como Tomás Dídimo (ambos nombres significan "gemelo", uno en arameo y el otro en griego), fue uno de los doce apóstoles elegidos por Jesús. Los Evangelios no brindan información sobre su familia, su oficio o el lugar exacto donde nació antes de seguir a Cristo, por lo que esos aspectos permanecen desconocidos. La tradición lo identifica como un judío de Galilea, al igual que la mayoría de los apóstoles, que vivió en el contexto de la Palestina del siglo I bajo dominio del Imperio romano.

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Su nombre aparece en todas las listas de los Doce, pero es el Evangelio de Juan el que permite conocer mejor su personalidad. Allí se lo presenta como un discípulo leal y decidido, dispuesto a acompañar a Jesús incluso cuando hacerlo implicaba un grave peligro. También se destaca por su deseo de comprender: ante el anuncio de la Resurrección pidió ver al Señor antes de creer, pero cuando se encontró con Él realizó una de las profesiones de fe más profundas del Nuevo Testamento: «¡Señor mío y Dios mío!».

Releyendo esta escena, recordé una frase que me gusta mucho: “Dios no le tiene miedo a nuestras preguntas”. Jesús no rechazó su duda, sino que le permitió tocarlo para que él pudiera creer.

La desconfianza de Tomás no nació de la indiferencia, sino del dolor y la confusión tras la muerte de Jesús. ¿Cuántas dudas sentimos nosotros frente a situaciones que no comprendemos y nos duelen? Este apóstol necesitó un encuentro personal para volver a confiar, y uno sin muchas palabras. Su historia nos enseña que Dios no se escandaliza de nuestras preguntas cuando brotan de un corazón sincero que sigue buscando amar. Ojalá, en vez de alejarnos, nos animemos a preguntar.

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