Esta semana tuve la oportunidad de visitar el Monasterio Nuestra Señora de la Paz, el convento de las Carmelitas Descalzas de Luis Guillón (la nota puede leerse en la página 4 de esta edición), donde las hermanas siempre nos reciben con mucha ternura y galletitas caseras. Allí, por unos días, estuvo expuesta para la veneración una reliquia de primer grado de San Juan de la Cruz: un pequeño fragmento de uno de sus huesos.
Historias de Santos: al atardecer de la vida
Reflexiones sobre la vida de San Juan de la Cruz. Por Clara Milano.
Para quienes creemos, una reliquia es un signo de la cercanía de alguien que hizo de su vida un testimonio de que es posible vivir el amor del que se nos habla en el Evangelio. Mientras escuchaba a la hermana Liliana hablar del “santo padre", pensé que, más de cuatro siglos después de su muerte, San Juan de la Cruz sigue teniendo algo muy importante para decirnos.
Tal vez la frase que mejor resume su vida sea una de las más conocidas que dejó escrita: "Al atardecer de la vida seremos examinados en el amor".
San Juan vivió en la España del siglo XVI. Junto con Santa Teresa de Jesús emprendió una profunda reforma del Carmelo, no porque quisiera fundar algo nuevo, sino precisamente porque quería volver a lo esencial. Los dos estaban convencidos de que la mejor respuesta a los problemas de su tiempo era vivir el Evangelio con la mayor fidelidad posible: una vida sencilla, austera, de oración, de silencio y de entrega.
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En ese sentido, su historia recuerda mucho a la de San Francisco de Asís. Francisco tampoco quiso inventar otra Iglesia. Lo único que hizo fue escuchar las palabras de Jesús y tomarlas en serio. Teresa y Juan siguieron ese mismo camino.
No fue fácil. San Juan fue perseguido, encarcelado por miembros de su propia orden y pasó meses encerrado en una celda diminuta. Allí conoció lo que él llamaría la "noche oscura". Y, sin embargo, después de haber vivido tanto sufrimiento, la conclusión a la que llegó habla del amor.
Porque al final, decía San Juan, no seremos juzgados por el éxito, por el reconocimiento, por la cantidad de cosas que hicimos o por los bienes que acumulamos. La única pregunta verdaderamente importante será cuánto amamos.
Vivimos en una sociedad que mide casi todo con números: cuánto ganamos, cuántos seguidores tenemos, cuántos títulos conseguimos. San Juan propone una medida completamente distinta. Nos recuerda que la vida encuentra su sentido cuando aprendemos a amar a Dios y a los demás, incluso en las pequeñas cosas de cada día. Ojalá vivamos sabiendo que eso es lo único que finalmente permanece.


