Hay una época del año en la que, dentro de la Iglesia, los retiros empiezan a multiplicarse. Actualmente, en casi todos los movimientos, comunidades y carismas aparecen propuestas para hacer una pausa, salir por unas horas —o por unos días— de la rutina y encontrarse con otros, pero también con uno mismo y con Dios.
Retirarse
Por Clara Milano.
Mis amigos suelen preguntarme, entre sorprendidos y divertidos, por qué elijo ir a estos lugares. Algunos parecen imaginar que uno llega a un retiro y pasa tres días arrodillado sobre granos de maíz, rezando en silencio y comiendo apenas un pedazo de pan. La realidad, gracias a Dios, es bastante diferente.
Un retiro puede ser un espacio para disfrutar de la fraternidad. Hay mates, charlas, abrazos, risas, personas que se conocen por primera vez y otras que vuelven a encontrarse después de mucho tiempo. Pero también hay algo que cada vez cuesta más conseguir: silencio.
Y quizá ahí esté una de las razones por las que estos espacios hacen tanto bien. Vivimos rodeados de ruido. El teléfono vibra, llegan mensajes, aparecen noticias, opiniones, videos, obligaciones y pendientes. Incluso cuando nadie nos habla, tenemos una pantalla cerca que se ocupa de llenar cualquier vacío.
Un retiro no se trata solamente de dejar de hablar. Se trata de volver a escucharnos y, sobre todo, escuchar la voz de Dios que nos habla de maneras más sencillas de lo que muchas veces creemos. El problema es que nunca nos callamos.
Ojalá más personas se animaran a vivir la experiencia de un retiro, aunque sea una vez. No hay uno solo ni existe una única manera de hacerlo. Hay retiros de distintos movimientos, comunidades y carismas, con propuestas diferentes y para personas en momentos muy distintos de la vida. Cada uno puede encontrar su lugar.
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También es cierto que muchas veces participar tiene un costo económico: alojamiento, comida, traslado o simplemente un aporte para que el retiro pueda realizarse. Y no siempre es fácil afrontarlo. Por eso, si alguien quiere participar y no puede pagarlo, vale la pena preguntar. Siempre las comunidades buscan la manera de que nadie quede afuera.
Y si alguien quiere ayudar, también hay una forma muy concreta: acercarse a su parroquia, preguntar qué necesitan y colaborar. Quizás, además de ayudar a que otro pueda hacer un retiro, termine descubriendo que ese lugar también puede ser un poco su casa.
Yo, por mi parte, este fin de semana vuelvo a hacer el bolso para irme de retiro. Mis amigos probablemente sigan sin entender del todo por qué elijo “gastar” el ansiado fin de semana en estos lugares. Yo tampoco tengo una explicación demasiado sofisticada: me gusta estar ahí. Me gusta la gente, los mates, las conversaciones, los silencios y esa sensación de volver a casa un poco distinta. La certeza que tengo es que, cuando logro hacer silencio, hay alguien que me habla. ¡Ojalá también se animen a escuchar!

