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La era del chisme

Por Francisco Monzón (@flmonzon).

En la Edad Media, la vida era comunitaria y colectiva. Las actividades cotidianas se realizaban en espacios comunes: se dormía, se comía y se trabajaba a la vista de los demás. No existía el concepto de "intimidad".

En el contexto de la expansión del capitalismo y la burguesía, nace la estructura de la casa moderna con habitaciones separadas (el dormitorio privado). Por primera vez, el individuo tiene un espacio físico donde cerrar la puerta y compartir el tiempo con su familia, marcando un claro límite con el espacio exterior, es decir, con el resto de la comunidad.

Así, se consolida uno de los valores más importantes de la modernidad: la privacidad. No solo se convierte en el refugio de la subjetividad, sino que se transforma en refugio de la mirada del Rey, de la Iglesia o del Estado.

Desde la antropología, se sitúa el origen del chisme en las tribus prehistóricas, ya que saber en quién se podía confiar, quién robaba comida, quién era un tramposo o quién se acostaba con quién no era un mero entretenimiento… era información vital para saber con quién cazar o defenderse. El chisme funcionaba como un "control de calidad" de la tribu, a partir de un sistema de reputación que media la confiabilidad.

Pero cuando la cotidianidad comenzó a vivirse puertas adentro, la burguesía no sólo inventó la privacidad, también dio lugar al secreto, a lo oculto.

Al inventar el secreto, creó el mercado del chisme moderno.

Podemos aventurar que en siglo XIX el chisme necesitaba del cuerpo, de la proximidad (todavía no existían los teléfonos). Nacía en el murmullo de los mercados de pueblo, a la salida de las misas de los domingos o en un cruce casual en alguna vereda.

Ese cotorreo vecinal, según el antropólogo Robin Dunbar, retoma la lógica del chisme primigenio: era un mecanismo de supervivencia para saber en quién confiar y a quién temer dentro de los límites del pueblo o del barrio.

Con la consolidación del estilo de vida occidental, el estatus ya no dependía de los títulos de nobleza heredados como en la época de la realeza, sino de la reputación y la respetabilidad. La moral burguesa (el decoro, la fidelidad matrimonial, la honestidad) era la llave para los negocios y el ascenso social.

En ese contexto, el chisme se convirtió en un arma social, política y económica. Saber un secreto de la vida privada de un competidor burgués (una infidelidad o una estafa) permitía destruirlo en los negocios o en los salones sociales. El chisme pasó de ser un cotorreo de supervivencia campesina, según la mirada antropológica, a una herramienta sofisticada de poder en la modernidad.

Esta situación se actualiza con los adelantos tecnológicos del siglo XX que permitieron el surgimiento de los medios masivos de comunicación. Con ellos aparece la espectacularización y mercantilización del secreto: el chisme pasa a ser una mercancía más dentro del juego capitalista.

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La televisión abierta descubrió que las noticias sobre la intimidad de los famosos rendía más que la ficción. Programas de espectáculos y paneles de chimentos convirtieron la intimidad ajena en tema de debate que se desarrolla frente a millones de espectadores.

Así, pasamos de las vecinas en la vereda, a un país entero espiando por la cerradura de la puerta de la farándula.

Con el siglo XXI llegaron nuevas formas de saciar las ansias de información privada. La televisión creó un dispositivo que nos permite pasar de estar pendientes de lo que ya ocurrió a "espiar" en vivo. El fenómeno de Gran Hermano llevó la premisa de la curiosidad respecto a lo que pasa detrás de la puerta cerrada al paroxismo: el encierro y la convivencia forzada como la única realidad disponible para un grupo de personas, donde el público ejerce un voyeurismo legalizado y juzga las 24 horas del día la autenticidad de los dichos, los cuerpos y las emociones.

Sin embargo, el verdadero triunfo de la "era del chisme" no está en los estudios de televisión, sino en nuestras propias manos. Las redes sociales eliminaron a los intermediarios. Hoy, los "famosos" ya no esperan a que un paparazzi los sorprenda infraganti, son ellos mismos los que se exponen.

Pero esta lógica excede a la farándula, ya que la gente común (entre la que me incluyo) también abandonó la privacidad en pos de "ser alguien" en el ecosistema digital. Ya no hay puertas que separen lo público de lo privado, todo se comparte, todo se exhibe.

La foto frente al espejo del baño hogareño es el símbolo definitivo de nuestra época. El espacio más íntimo y privado de la casa se ha reconvertido en una pasarela pública, un set de filmación donde el fuero interno se entrega voluntariamente a cambio de un puñado de likes. Es lo que la antropóloga argentina Paula Sibilia define como "extimidad": la espectacularización de la intimidad, un fenómeno contemporáneo donde lo que antes pertenecía al ámbito privado y reservado se despliega deliberadamente en el espacio público a través de las plataformas digitales.

Hannah Arendt advertía en "La condición humana" (1958) que el espacio privado es el refugio indispensable para que el ser humano pueda ser vulnerable y resguardarse de la mirada del mundo. Sin intimidad, la vida pública se corrompe. Hoy asistimos a un escenario donde la privacidad ya no se defiende, sino que se vende como mercancía.

Históricamente, las leyes se diseñaron para proteger al ciudadano de la intromisión del Estado o de terceros. Incluso la Constitución Argentina en su art. 19 garantiza que lo que una persona hace en su vida privada, sus ideas, creencias o hábitos que no afectan a los demás, no pueden ser castigadas ni controladas por el Estado o los jueces.

La paradoja actual es que somos nosotros mismos quienes renunciamos a esos derechos al firmar los términos y condiciones para desnudarnos psíquica y físicamente ante corporaciones tecnológicas y los algoritmos que determinan el flujo de datos que circulan en la web.

El panóptico de Michel Foucault ya no necesita una torre central con guardias: nos vigilamos, nos juzgamos y nos cancelamos los unos a los otros a través de la pantalla de nuestros teléfonos.

El ser humano no ha cambiado su natural curiosidad respecto a lo que pasa en su contexto, ni su necesidad de pertenencia a una comunidad: lo que cambió radicalmente es el precio que estamos dispuestos a pagar por ellas. El chisme ya no es un pecado marginal de nuestra cultura: es la cultura misma.

En la era del chisme, la intimidad ya no es un derecho a proteger, sino el combustible que alimenta la maquinaria del espectáculo digital.

Hoy René Descartes seguramente diría "me expongo, luego existo".

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