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Historias de Santos: "Misericordia quiero y no sacrificios"

Un repaso por la historia de San Mateo. Por Clara Milano.

Hay encuentros que duran segundos pero cambian el rumbo para siempre. El de Jesús con Mateo fue uno de ellos. El Evangelio lo presenta sentado en su mesa de recaudador de impuestos. No era un oficio cualquiera: los publicanos trabajaban para el Imperio romano y eran vistos como traidores y pecadores públicos. Su nombre estaba asociado al abuso, al dinero fácil, a la desconfianza. Es decir, Mateo no era precisamente el candidato ideal para integrar el grupo de los discípulos.

Y, sin embargo, Jesús se detiene frente a él. De todas las personas, lo elige. No le pregunta por su pasado. No le exige explicaciones. No le pide que primero demuestre que cambió. El Evangelio nos desarma de cualquier prejuicio y estructura con su sencillez: “Sígueme” (Mt 9,9). Y Mateo lo sigue. Eso es todo.

En esa pequeña escena, creo yo, se condensa el corazón de la fe en Dios: antes que un sermón, antes que una corrección, antes que una norma, hay una mirada y hay misericordia.

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Después viene el escándalo, Jesús se sienta a la mesa con publicanos y pecadores. Los fariseos preguntan por qué comparte comida con esa gente. Y entonces pronuncia una frase que atraviesa los siglos: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,12-13). Y agrega una cita del profeta Oseas que es clave para comprender el corazón de Dios: “Misericordia quiero y no sacrificios”.

En tiempos donde solemos mirarnos (tanto a nosotros mismos como a los demás) con poca simpatía, la historia de San Mateo nos recuerda que nadie queda fuera de la mirada de Dios

Quizás esa sea una de las claves más fuertes de la Cuaresma (los 40 días de preparación para la Pascua), que empezó esta semana: no se trata de “ordenarnos” para recién entonces acercarnos a Dios, sino que se trata de dejarnos mirar y encontrar por Él. Empezó un tiempo para dejar que el Dios que muchas veces creemos lejano y omnipotente nos revele, una vez más, su verdadero rostro: el de la misericordia.

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