Columnista | Historias de Santos | Opinión | Columna

Historias de Santos: una gota en el mar

Un repaso por la vida de Santa Teresa de Calcuta. Por Clara Milano.

“A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”, esta frase pertenece a Santa Teresa de Calcuta. A pesar de ser muy conocida, creo que resume perfectamente su mensaje: que el amor se revela en gestos sencillos y concretos y que, aunque estos parezcan insignificantes, son justamente los que nos muestran el sentido de nuestra vida y la de los demás.

En vez de escribir lo que pienso sobre ella, me gustaría que se acercaran a su corazón directamente a través de sus historias contadas en primera persona. Las extraje de un pequeño libro que agrupa sus pensamientos, historias y oraciones. Se llama “En el corazón del mundo”, del editor José J. de Olañeta, y en lo personal lo considero un tesoro.

Antes, un mini resumen de su vida: nació como Agnes Gonxha Bojaxhiu el 26 de agosto de 1910 en Skopje —entonces parte del Imperio Otomano. Desde muy joven sintió el llamado a la vida religiosa y, con apenas 18 años, ingresó a la congregación de las Hermanas de Loreto. Viajó a Irlanda para formarse y poco después fue enviada a la India, donde enseñó durante años en un colegio de Calcuta. Pero en 1946, mientras viajaba en tren hacia Darjeeling, experimentó lo que ella misma describió como “la llamada dentro de la llamada”: una profunda convicción de que debía dejar el convento y vivir entre los más pobres. Así lo hizo, fundando la congregación de las Misioneras de la Caridad.

Ahora sí, mi selección de dos de sus pequeñas pero extremadamente profundas historias, que hablan por sí solas:

image
Agnes Gonxha Bojaxhiu nació el 26 de agosto de 1910 en Skopje.

Agnes Gonxha Bojaxhiu nació el 26 de agosto de 1910 en Skopje.

Leé más: Historias de Santos: "Misericordia quiero y no sacrificios"

El calor de una mano

Un día iba yo por la calle en Londres, y vi a un hombre alto y delgado sentado en una esquina, acurrucado, y con un aspecto de lo más lastimoso. Me acerqué a él, le estreché la mano y le pregunté cómo estaba. Alzó la vista y me dijo:

—¡Ay! ¡Después de tanto, tanto tiempo, siento el calor de una mano humana!

Y se levantó.

Una sonrisa bellísima iluminaba su rostro, porque alguien había sido amable con él. El simple hecho de estrecharle la mano le había hecho sentirse alguien. Para mí, aquel hombre era Jesús con un disfraz de sufrimiento. Y yo le había hecho sentir que alguien le amaba; le di la alegría de ser amado. Alguien nos ama a nosotros, también: Dios. Hemos sido creados para amar y para ser amados.

image
Con apenas 18 años, ingresó a la congregación de las Hermanas de Loreto.

Con apenas 18 años, ingresó a la congregación de las Hermanas de Loreto.

La ternura de Dios

En Calcuta cocinamos a diario para nueve mil personas. Un día, vino a verme una hermana y me dijo:

—Madre, no hay nada para comer, no tenemos nada que dar a la gente.

Yo no contesté, no sabía qué decir. Y luego, a las nueve en punto de aquella mañana, llegó a la puerta un camión cargado de pan. El gobierno da una rebanada de pan y leche todos los días a los niños pobres en la escuela. Pero aquel día (nadie en la ciudad sabía por qué) todas las escuelas cerraron sin previo aviso. Y enviaron todo el pan a la Madre Teresa.

Es evidente que Dios cerró las escuelas. No iba a permitir que nuestros pobres se quedaran sin comer. Y creo que fue la primera vez que tomaron tanto pan y tan bueno. En esto podéis ver la ternura de Dios.

Quizás el mundo se transforme así: de gota en gota.

Dejá tu comentario