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A lo mejor resulta bien

Todavía me acuerdo como si fuese ayer. Domingo 17 de mayo, pero del año 2020. Monte Grande estaba otoñal, la Monte Grande más linda. Bajé del departamento en el que vivía en la esquina de Las Heras y Ameghino, y empezamos de a dos a caminar en dirección a Rodríguez, mientras el ensordecedor silencio de un domingo temprano se sumaba al hábito de pandemia que todavía teníamos. Monte Grande en otoño se pone naranja, marronácea, dorada por momentos. La ciudad de los árboles nos cobijó mientras a pie, y con diez meses de embarazo consumados, hicimos las tres cuadras que teníamos hasta la Clínica Monte Grande.

La aventura empezó a las ocho de la mañana, fue larga como una odisea, pero tuvo su pico más alto apenas a eso de las nueve. En una habitación compartida en la que nos habían alojado al principio, conocí a nuestro ángel. No podía ser otra cosa. Apenas nos terminamos de instalar, este chico que tenía mi edad, o un poco menos, se me acercó para saludarme y preguntarme cómo estábamos. Yo solo le respondí eso, cómo estábamos, y le devolví la pregunta de pura cordialidad. Jamás hubiera imaginado que me iba a contar todas las cosas terribles que le habían pasado. Era el segundo hijo que su esposa intentaba tener, porque el primero lo habían perdido, y este venía igual de complicado. Me contó los detalles mientras yo escuchaba en silencio; cuando terminó volvió a pararse en silencio junto a su esposa que dormía en la camilla. No pasaron más de diez minutos para que nos cambiaramos de habitación, y no volví a verlo nunca más. Vengo a decir acá, por primera vez en voz alta, que estoy convencido que esa persona nunca existió. Simplemente estaba allí para encontrarme, para decirme todo lo malo que podía pasar, y de esa manera quitarme el peso de sentir que podía pasarme a mí. Fue como por instinto, un reflejo automático, el momento en el que sentí que nada de lo que me había contado me iba a pasar, y que estaba seguro. A veces siento algo de culpa por eso.

Recién a las 22 nos llamaron para el quirófano. Durante más de doce horas habíamos estado mirando televisión y tonteando como si se tratara de un viaje a un hotel de lujo. No hacíamos nada, no pasaba nada, pero todo estaba pasando. Apenas la última hora, u hora y media, habían tenido algo de emoción. Entretenido para mí, supón, y un verdadero parto para mi leona.

Nadie vino ese domingo. Nunca supe cómo pasaron esas casi 16 horas mis familiares, mis amigos. Recuerdo que no hablé ni siquiera con Guille, a quien habíamos ido a visitar la noche anterior (también caminando, y de forma clandestina porque estaba prohibido). Para nosotros, un alivio. Aunque a veces siento algo de culpa por eso.

Lo que sí recuerdo es que durante las 16 horas que estuvimos esperando nadie, y juro por Dios que nadie, me dijo que la persona que estábamos esperando iba a tener pies. Por eso no noté que, al tratarse de una persona con pies, en el momento en el que llegara al mundo tenía que protegerle los pies con algo. Medias o escarpines. Recién cuando estábamos ya en sala de parto, la obstetra (nuestro otro ángel) me hizo notar el faltante. Recuerdo decidir no enojarme ni ponerme nervioso, sino salir con la mayor de las calmas hasta la habitación, solamente para darme cuenta que habíamos dejado la llave adentro. Entonces me dirigí caminando hacia la recepción, donde pedí amablemente que me abrieran la puerta con la rapidez de quien tiene a su esposa pariendo en la habitación de al lado, porque así era.

Llegué a tiempo. Respiré profundo y me sentí grande por primera vez. Lo había logrado, había provisto lo que mi hijo necesitaba, y entonces ocurrió el milagro.

Recuerdo que apenas asomó la cabeza al mundo, lo ignoré. Decidí conscientemente no mirarlo y quedarme concentrado en ella, en mi mujer. Nunca jamás había visto tanta pasión, tanto desinterés por uno mismo, tanto altruismo. Nunca se lo pregunté, pero estoy seguro que en ese último pujo ella estaba dispuesta a morir, con tal de asegurarse que él naciera.

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El último recuerdo es cuando lo sostuve por primera vez. Casi me lo pierdo, pero las enfermeras me devolvieron al plano de lo sensible, quizás viendo que yo estaba en otra dimensión. Me sentía un soldado, que solo escuchaba órdenes, y que sólo tenía que cumplir, que no tenía nada que sentir. “¿Le cantabas cuando estaba en la panza?”, me preguntaron. Pregunté por qué sólo levantando la vista con mi mirada sorprendida. “Mirá cómo se quedó”, se dijeron una a la otra, y entendí. Estaba profundamente dormido, en paz, y aunque no lo sabía, yo estaba tarareando “The lion sleeps tonight”.

Todavía me acuerdo cuando puse por primera vez en la radio de El Diario Sur (entonces Extremo) la canción de Los Fabulosos Cadillacs, “Vos Sabés”. Y creo que fue la primera vez que la entendí. La puse al aire esperando la frase que dice “que el amor de un padre a un hijo no se puede comparar”, pero descubrí que esa no es mi frase. Mi frase es la del título. Cuando terminaba la canción volví al aire y pedí, aquel 17 de mayo de 2021, que se me cumpliera mi deseo en lugar del de él. Pedí para él algo más que un feliz cumpleaños.

Pedí, deseé, pido y le desearé, por siempre y hasta con mi último aliento, que sepa. Que sepa que su papá lo ama con el corazón. Que sepa que su papá lo admira. Que sepa que su papá siempre va a estar con él si lo necesita, aunque a veces lo deje libre cuando cree oportuno, para dejarlo crecer. Que sepa que él nunca va a estar solo, ni aunque me lleve la muerte, ni aunque la vida nos ponga en lugares diferentes.

De aquel domingo 17 de mayo a este pasaron seis años. Ahora él ya camina, habla, va a la escuela, y vive como un pequeño ser humano íntegro y lleno de felicidad; me gusta pensar que es porque lo sabe. Aún así no ha habido todavía ni un día en el que no le pida a Dios que me cumpla ese deseo.

En cuanto a mí, soy feliz. Soy un hombre feliz y quiero que me perdonen, por este día, los muertos de mi felicidad. Feliz cumpleaños, hijo.

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